lunes, 29 de junio de 2009

El malestar en la cultura mediática


Su talento artístico radial es algo indiscutible: suerte de Niní Marshall de la era del zapping, Fernando Peña logró remixar el espíritu de una época a través de la gimnasia de sus cuerdas vocales privilegiadas que sintonizaban a una batería de personajes y, como un pelotón de marionetas sin ataduras, esas criaturas orales se trenzaban al unísono en el dial, encimando ideologías antagónicas, en discusiones que trepaban picos de delirio improbable, inimaginable, en una suerte de comedia costumbrista desfigurada hasta el grotesco, pero sin perder la carnadura de caricatura adorable. De esta manera, la radio encontró en Peña su revés, de esos que tiraban la pelotita fuera de la cancha de lo esperable. Así, su alto rango de personajes (el cheto canchero, la torta frontal y varonera, el puto frívolo y sensible, el mexicano iracundo, la travesti cándida, la doña represora, el cura hipócrita, el politicastro corrupto, el tachero tanguero nostálgico, la cubana soñadora, el villero de ternura infantil, etc.) eran ya no muchas caras de una misma moneda sino monedas únicas que no encontraban cambio ni cotización en ningún mercado: eran impagables. Esa garganta era una caterva de otros yo que, lejos de la corrección política, era un crisol argento que reflejaba en sus discursos cruzados las contradicciones culturales contemporáneas. En ese rubro, sin duda, Peña habrá sido único, irremplazable.

Ahora bien, a fines de los ’90, luego de tener el reconocimiento popular y de sus pares gracias a su talento radial, Peña se fue convirtiendo en la figura local más megalómana del nuevo milenio: su voracidad lo llevó a saltar de la radio al teatro, a la TV, a editar libros, CDs, videos, a convertirse en el hombre orquesta que su voz le dictó como camino. Fue actor, director y autor teatral, fue escritor y, sobre todo, fue puto mediático: genio y figurita repetida del álbum de todo talk show. Y como mediático protagonizó su propio reality show transversal, género dilecto que mostró su auge y su agonía en este nuevo siglo de ubicuo ojo digital. Y si ese género trajo nuevas formas de visibilidad, en el caso de Peña se podría celebrar una saludable subversión de la frontera que el buen gusto pacato marca entre lo privado y lo público a través de la exhibición de su libertad sexual, su situación clínica, sus adicciones. Es verdad que aún pocxs son lxs valientes que salen de los closets impuestos, pero, ¿la forma en que Peña lo hizo estaba marcada por una agenda propia o era un mero efecto de la lógica reaccionaria habitual con que los medios funcionan mayormente? ¿Fue un transgresor o una encarnación funcional de las instituciones de su época? Además, Peña obligó a otras personas a salir del closet, en un autoritario gesto de visibilización forzosa, como si todxs estuviesen obligadxs a vivir su realidad dentro del vigilante y claustrofóbico reality que los medios tenían en su agenda.

Sí, claro, se puede celebrar su valentía de enfrentar ciertos tópicos, pero tal vez sea cuestionable su tendencia a la espectacularización: Peña necesitaba exagerar sus vivencias para convertirlas en una imagen amplificada de su propia experiencia, en un psicodrama a la moda, vistiendo de hipérbole sus sentimientos como si sólo se pudiesen expresar como un titular de prensa amarilla (y ahí otro discurso de época se lo devoraba: cuando la noticia mediática se vuelve mero espectáculo es cuando el sensacionalismo se apropia de todo matiz para que la ficción como trampa emerja sin problema en el discurso). Y, en el colmo de esa fiebre amarilla, Peña convirtió en show hasta su propia muerte, “sacando a bailar” a la parca, en una repetida puesta en escena de danzas macabras que se parecían bastante al gesto suicida. ¿Dónde empieza la personal elección de vida y de muerte, y dónde la idea de sacrificar el cuerpo para ser una noticia, un artista reconocido, un personaje célebre? Así, de un programa basura a otro, Peña se definió como el “puto sufrido”, autoenmarcándose en el arquetipo de loca melodramática, de la loca resentida y mala, que aunque después devino “puto lindo” (frase con que la gente lo vitoreaba en el velorio), la idea siempre pareció ser la de construirse como personaje estilizado, de asimilarse en la ficción de los medios como un slogan, sin ninguna intención de abrirse a una discusión política y social de la identidad, más bien, por el contrario, trascender cerrado en su propia teatralidad. Y ahí estaba una de las contradicciones mayores de Peña: mientras su idea era desdramatizar los conflictos esenciales de la subsistencia, su performance se convertía en drama mediático y en el típico ritual del mártir sacrificado por acceder a la celebridad contemporánea. Contradicción que se siguió en otras, como la de denunciar sabiamente la discriminación de las personas viviendo con VIH por la política inmigratoria de EE.UU., pero, al mismo tiempo, pregonar como valentía la irresponsabilidad del sexo sin protección.

¿Es hora de evaluar estas cosas? Creo que la necrológica acrítica de adjetivos positivos calcados, de loas insípidas, sigue haciendo el juego de la hipérbole y tapa a una figura que tuvo su complejidad, sus contradicciones, que trató de enfrentar a la realidad actual, pero que también fue pisoteada por ella. No hay recuerdo de un Peña sincero sin que aparezcan estos malestares.

Diego Trerotola
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