martes, 29 de diciembre de 2009

Alex y José María, marido y marido


La pareja de hombres que el 1º de diciembre no logró casarse en Buenos Aires, pese al fallo judicial que lo ordenaba, pudo hacerlo ayer en Tierra del Fuego. La gobernadora Fabiana Ríos firmó un decreto para autorizarlo. Cómo se gestó el inédito matrimonio.

Apenas pasadas las cuatro y media de la tarde de ayer, Alex Freyre y José María Di Bello se convirtieron en esposos ante la ley. El primer matrimonio entre personas del mismo sexo reconocido legalmente por la Argentina fue, también, el primero de Latinoamérica, y el último celebrado este año en el Registro Civil de Ushuaia. Los cónyuges cerraron, así, un diciembre que había comenzado con una boda civil detenida a último momento por recursos judiciales impulsados desde el integrismo católico. La libreta a nombre de Freyre y Di Bello fue posible gracias a la decidida intervención de la gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos, quien autorizó el casamiento mediante un decreto, que reconoce el fallo de la jueza porteña Gabriela Seijas e invoca la Constitución Nacional.

La ceremonia, cuya sola posibilidad de realización se mantuvo en secreto hasta que su comienzo fue inminente, tomó por sorpresa a los propios contrayentes. “Nos enteramos de que podíamos casarnos sólo tres horas antes” del turno en el Registro Civil, contó a Página/12 Freyre, mientras él y su flamante marido eran las estrellas indiscutibles de los canales de noticias, las radios y los sitios de Internet argentinos y extranjeros. Los novios mantuvieron tan en secreto la posible boda que ni sus propios familiares estaban al tanto de lo que podría suceder. Sí, en cambio, estaban sobre aviso, y conjurados para evitar boicots de último momento, quienes oficiaron de testigos: el titular del Inadi, Claudio Morgado; la representante provincial del organismo, Emilce Conejero; la presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt), María Rachid, y el secretario de Comunicación fueguino, Leonardo Gorbacz. También fueron de la partida el vicepresidente de Inadi, Pedro Mouratian, y la abogada del Inadi y la Falgbt Carolina von Opiela. “La homofobia ha sido tan despiadada y tan humillante con nosotros que no queríamos pasar por eso otra vez, preferíamos resguardar nuestro derecho. Ahora llegaremos a Buenos Aires y celebraremos en familia”, explicó Freyre a este diario, al tiempo que confirmaba que hoy, a las 11, él y su esposo darán una conferencia de prensa en el hotel (heterofriendly) Axel. “Queremos contar, educar, informar y también alentar a todas las parejas de gays y lesbianas. Queremos que vean que es posible, que nuestros derechos valen, que no somos ciudadanos de segunda. Que no se dejen convencer de que es amoral o inmoral esto, porque es todo lo contrario.”
En vísperas

Hace poco más de una semana, “José María me preguntó si todavía quería casarme con él, y le dije que claro que sí”, recordó Freyre en conversación telefónica desde la ciudad más austral del mundo. Es que en ese momento, para Freyre y Di Bello casarse era todavía más una expresión de deseos que una posibilidad cercanísima. La planificación de una serie de actividades sobre prevención de VIH que el Inadi realizará en los próximos meses había llevado a la pareja, que milita activamente en foros del organismo, hasta Ushuaia. Una vez planteada la idea, explicó Di Bello, se tramitó el cambio de domicilio, requisito indispensable para pedir turno en el Registro Civil. “Cuando pedimos fecha para casarnos, el Registro nos la denegó por escrito. Por eso nuestra solución fue iniciar un recurso extraordinario, en el que pedimos a la provincia que se cumpla con nuestro derecho”, explicó Freyre durante sus primeras e híper mediáticas horas como cónyuge legal de quien fuera su novio durante años.

El 22 de diciembre fue la fecha clave, puntualizó Carolina von Opiela, la abogada de la Federación y el Inadi que viajó hasta Ushuaia llevando textos legales y algunas estrategias en la manga. Ese día, el martes pasado, al recibir la negativa oficial comenzó a correr la cuenta regresiva. Mientras Freyre y Di Bello permanecían, con el perfil más bajo posible, en la fría Ushuaia, donde pasaron Nochebuena y Navidad, se pensó echar mano de recursos administrativos. “Cuando alguien no está de acuerdo con una respuesta que le da un organismo, uno puede ir a su superior jerárquico para reclamar –dijo la abogada von Opiela–. Acá recurrimos a la decisión del Registro Civil de Tierra del Fuego, que tiene como superior directo al Poder Ejecutivo. Presentamos un recurso jerárquico, que así se llaman, para que la gobernadora resolviera si los chicos se podían casar o no. En la presentación, planteamos la sentencia de Seijas, que está firme y consentida por el gobierno porteño, y también le presentamos el amicus curiae del Inadi. Además, el Inadi presentó una nota en la que ponía en conocimiento de lo sucedido a la gobernadora y le sugería que les diera el permiso. Y la gobernadora, luego de que los abogados de la gobernación emitieran un dictamen favorable, decidió a favor del casamiento. Firmó el decreto.” El ajuste final de las piezas, especialmente en lo referido a las actuaciones administrativas que incluían la firma de la gobernadora Ríos, sucedió, vertiginosamente, a lo largo del día de ayer.
Famosos y recién casados

“Por nuestro trabajo, conocemos las diferentes provincias y sabíamos de la voluntad política de Fabiana Ríos de apoyar la igualdad legal para todas las personas, y en particular su posición en cuanto al matrimonio”, recordó Freyre al explicar por qué, de todas los distritos del país, veían más posible el apoyo de Tierra del Fuego. En las jornadas prematrimoniales, los recién casados habían sido reconocidos por la calle; ayer mismo no paraban de recibir saludos, y hasta pedidos de autógrafos. “La provincia ha sido muy cálida con nosotros”, contó Freyre. ¿Habrá festejo? “Danos unos días para hacer una fiesta como se merece el amor.”

MARIA RACHID, PRESIDENTA DE LA FALGBT
“Un avance de nuestros derechos”


“La verdad es que lo personal es político y para mí esto es un logro político y personal al mismo tiempo, que tiene que ver con el avance de nuestros derechos”, evaluó María Rachid al anochecer, mientras se encaminaba hacia el aeropuerto para regresar a Buenos Aires. Agregó la presidenta de la Falgbt que el matrimonio “no ocupa un lugar muy importante en mi vida personal, pero sí importa” en lo que refiere a la igualdad jurídica, porque “es un reconocimiento del Estado a la igualdad social, que sí es una preocupación más importante”.

–¿Qué significa, entonces, ampliar el matrimonio?

–Lo más importante es el reconocimiento de derechos. Aunque en mi vida personal no genera demasiado cambio, sí esos derechos concretos son necesidades en la vida de mucha gente. Y además, la igualdad jurídica nos permite trabajar por la igualdad social, que va más allá de casarse o no. En realidad, que el Estado reconozca la igualdad ante la ley nos permite trabajar por otros derechos en cuanto a violencia y discriminación. Siempre recuerdo a los grupos que luchaban en Estados Unidos en contra de las leyes de apartheid, que obligaban, por ejemplo, a que las personas negras viajaran en la parte de atrás del colectivo. La lucha no era por un lugar distinto en el colectivo, sino por la igualdad. Por eso insistimos con que queremos los mismos derechos con los mismos nombres, y no derechos especiales para nosotros, como la unión civil. Queremos la igualdad.

–¿Qué influencia puede tener el casamiento de Freyre y Di Bello?

–Suceden varias cosas. Primero, que cuando un derecho se aprueba, muchas veces se construyen prejuicios y mitos alrededor de ese avance. En España, antes de la ley de matrimonio para personas del mismo sexo, había un 60 por ciento de aprobación social, y ahora, ya aprobada y puesta en práctica, tiene 80 por ciento de apoyo. Lo que sucede, cuando se aprueban ese tipo de avances, es que se ven los prejuicios que hay alrededor. Y si esto continúa por la vía judicial, va a generar desorden e inestabilidad jurídica, producto de que hay gente que va a poder acceder a casarse y gente que no, de acuerdo con el juez que le toque y la provincia donde viva. Aquí la encuestas dan un apoyo superior al 70 por ciento, antes de aprobado. Eso es consenso social.

–¿Qué esperan en los próximos meses para los proyectos de ley?

–Una cantidad importante de diputados y senadores apoyan el matrimonio para todos. Incluso el propio Macri había llegado a hacerlo. Es cuestión de tiempo que en el corto plazo se apruebe el matrimonio y la Corte Suprema se expida.


Soledad Vallejos


“Una obligación legal”

La gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos, explicó a Página/12 por qué permitió el casamiento de la pareja de Alex y José María. Su decreto sólo se refiere a este caso.

“No hice más que cumplir con mi obligación legal”, sostuvo Fabiana Ríos, gobernadora de Tierra del Fuego, sobre la decisión por la cual esa provincia se convirtió en la sede del primer matrimonio civil entre personas del mismo sexo celebrado en América latina. La obligación legal a la que se refiere la gobernadora es la de obedecer las decisiones judiciales, en este caso la de la magistrada porteña Gabriela Seijas, que había declarado la inconstitucionalidad de los artículos del Código Civil que impedían el matrimonio de Alex Freyre y José María Di Bello. Los contrayentes adujeron ese fallo al interponer, ante la negativa a casarlos del Registro Civil provincial, un recurso administrativo que la gobernadora resolvió en su favor mediante un decreto. La decisión de la gobernadora, al igual que la de la jueza Seijas, se refiere específicamente a este caso: otras dos personas del mismo sexo que pretendieran casarse en Tierra del Fuego no tendrían respuesta favorable, a menos que pudieran esgrimir un previo fallo judicial que lo avalara.

Por decreto 2996/09, con fecha de ayer, la gobernadora “ordena a la Dirección Provincial del Registro del Estado Civil y Capacidad de las personas brindar turno y celebrar el matrimonio de los recurrentes Alejandro Daniel Freyre y José María Di Bello, habilitando para ello días y horas inhábiles”. Esa disposición “sólo podrá tener efectos favorables a los recurrentes”, es decir, no equivale en modo alguno a una aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo en la provincia.

Según explicó a este diario la gobernadora Fabiana Ríos, “Freyre y Di Bello solicitaron turno para casarse en el Registro Civil provincial. Uno de ellos había hecho recientemente el cambio de domicilio, por lo cual cumplían el requisito de que uno de los contrayentes resida en la provincia; tenían hechos también los análisis prenupciales. Pero en ese momento el Registro Civil provincial respondió negativamente, ya que los solicitantes no habían presentado todavía la constancia del fallo de la jueza Gabriela Seijas”. (Esta magistrada porteña, el 11 de noviembre pasado, había declarado la inconstitucionalidad de los artículos 172 y 188 del Código Civil “en cuanto impiden que los señores Alejandro Freyre y José María Di Bello puedan contraer matrimonio”.)

Ante la negativa del Registro Civil de Tierra del Fuego, Freyre y Di Bello presentaron un recurso jerárquico ante la gobernación provincial, “donde incluyeron la constancia de aquel fallo de Seijas”, subrayó la gobernadora. El decreto 2996/09 dispuso “hacer lugar al recurso jerárquico”, ya que “existe sentencia judicial firme para garantizar la celebración del matrimonio” y fundado en “la normativa vigente en materia de derechos humanos, garantizando el derecho a la igualdad de los recurrentes”; el decreto se atiene a la recomendación de la Secretaría Legal y Técnica provincial.

Fabiana Ríos destacó que “habiendo una sentencia judicial firme, negarme a que se realizara la acción hubiera implicado arrogarme facultades judiciales; la inconstitucionalidad del Código Civil, para el caso de esta pareja ya estaba sentenciada por la Justicia, sin perjuicio de que, en la ciudad de Buenos Aires, otra decisión judicial (la de la magistrada Marta Gómez Alsina) había suspendido la ejecución del acto”.

En septiembre pasado, Fabiana Ríos, junto con tres legisladores nacionales fueguinos, habían presentado ante la Corte Suprema un amicus curiae, un recurso en apoyo de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans, en una causa en la que dos mujeres solicitan el derecho a casarse.

Pedro Lipcovich


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miércoles, 23 de diciembre de 2009

Ya hay matrimonio gay en América latina


La capital mexicana se convirtió en la primera ciudad latinoamericana en dar lugar al casamiento entre personas del mismo sexo. Ya contaban con la unión civil. También se eliminaron las trabas para que las parejas gay puedan adoptar.

La Ciudad de México aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, en la primera legislación de ese tipo en América latina. La Legislatura del DF sancionó la ley con 39 votos a favor, 20 en contra y cinco abstenciones. Luego de cuatro horas de discusión, la izquierda, representada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), logró aprobar la norma, pese al profundo rechazo del conservador Partido de Acción Nacional (PAN) y la Iglesia Católica. “Hay que festejar. Es un avance social y cultural que viene a refrendar una deuda histórica que hay con la comunidad gay”, aseveró Antonio Medina, un activista de ese colectivo y representante de Notiese, una agencia especializada en información sobre derechos sexuales. La ley suscitó el festejo de las numerosas personas homosexuales que acompañaron la sesión. Afuera del recinto legislativo numerosas parejas se besaban, y un grito fue repetido decenas de veces: ¡Sí, se pudo!

Esta ley se presenta como un antecedente en toda América latina, ya que la Ciudad de México se convierte en la primera de toda la región en establecer un marco legal para dar luz verde al matrimonio gay. Hace dos años, la capital mexicana había reconocido los derechos de las parejas homosexuales mediante una “ley de convivencia”, una unión civil que equiparaba en general sus derechos a los de las parejas heterosexuales.

El proyecto aprobado ayer incluye reformas a seis artículos del Código Civil de la capital mexicana, entre ellos, el número 146, que establece que “el matrimonio es la unión libre entre un hombre y una mujer”. En su lugar fue modificado por “la unión libre entre dos personas”. Otro de los artículos modificados y que arrastró una profunda discusión es el 391, que refiere a la adopción, a la que también podrán acceder las parejas del mismo sexo. Este último punto fue duramente cuestionado por los sectores conservadores. Entre las reformas se incluye también que las concubinas y los concubinos tienen derechos y obligaciones recíprocos, al modificar el artículo 291 bis y el que permite constituir el patrimonio familiar.

Las reformas serán publicadas en la Gaceta del Distrito Federal y quedarán promulgadas para que a partir del primer trimestre de 2010 puedan celebrarse los primeros matrimonios gays en la ciudad capitalina. Así, las primeras bodas podrían registrarse a partir de febrero, una vez cumplido el plazo legal de 45 días para la publicación de la norma.

La ley ya es un hecho para la capital mexicana. Pero en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF), donde fue aprobada, el debate no fue sencillo. La propuesta fue impulsada por los partidos de izquierda, el PDR, que gobierna la capital desde 1997. Tiene amplia mayoría en el legislativo local y se había comprometido con la aprobación de la ley, fuertemente repudiada por el PAN, partido al que pertenece el presidente mexicano, Felipe Calderón, y la Iglesia Católica. Así, la disputa entre ambos sectores fue ardua.

Frente a la negativa de los sectores de derecha, Medina señaló. “Esperamos que los conservadores no logren revertirla con una demanda ante la Corte Suprema de Justicia”.

Respecto de los recientes logros de una larga lucha, el diputado del PRD Víctor Romo afirmó: “Durante siglos, leyes injustas prohibieron los matrimonios entre blancos y negros o indios y europeos, se prohibió el amor extranjero (...), hoy todas esas barreras han desaparecido”.

En América latina las uniones civiles están reconocidas en Uruguay, Colombia y Buenos Aires, además de Ciudad de México y el estado mexicano de Coahuila (norte). En relación con el antecedente que deja la promulgación de la ley mexicana, María Rachid, presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt), informó: “Es un avance importantísimo. Esto va a ayudar a que todos los países de América latina reflexionen sobre el tema. Y para que la Argentina reconozca la igualdad jurídica de todas las personas, como lo garantiza la Constitución”.

En Buenos Aires, en noviembre, la jueza Gabriela Seijas había declarado que es inconstitucional impedir el matrimonio entre personas del mismo sexo y autorizó a casarse a Alex Freyre y José María Di Bello. Sin embargo, no pudieron hacerlo porque la Justicia nacional lo impidió. De haberse concretado esta unión, hubiese sido el primer matrimonio gay de toda Sudamérica.

“Esperemos que no bien comience a sesionar el Congreso se pueda tratar la modificación del Código Civil”, afirmó Rachid. Y resaltó: “No se trata sólo de derechos civiles, sino que es una cuestión de dignidad”.

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sábado, 12 de diciembre de 2009

El viejo truco del gatopardo


Una secuencia del documental The Celluloid Closet, que analiza la representación de la diversidad sexual en el cine, centra su mirada en los típicos personajes maricas del viejo Hollywood, esos vestuarista y coreógrafos con mucha pluma, esos mozos y mucamos de afectación grácil, esos secundarios y figurantes que invertían toda su energía maricona en las pocas líneas que el guión les dejaba pronunciar. Palabras más o menos, la mayoría de lxs entrevistadxs del documental aclaran que ése era un arquetipo negativo, homofóbico, hasta que irrumpe el testimonio de Harvey Fierstein y, con su típica sonrisa XL de dientes separados, dice que a él no le molesta el personaje de la marica, y concluye: “Tal vez sea porque yo soy marica”. El genio Fierstein quebraba el lugar común, ese que castiga a toda representación marica, y les daba una sonrisa brillante para que tengan, guarden y repartan. ¡Gracias offBroadway por inventar a Harvey Fierstein!, gracias por este puto que cree que la verdad se ilumina con strass y lentejuela o con ese plateado de las paredes de la Factory de Warhol y que funciona como espejo deformante: es ese brillo que refleja la diferencia. Si representar a una marica en cine, o en cualquier otro medio, es homofóbico, ¿retratar a un homosexual masculino es gay friendly? A los que les molesta el puto teatral y afeminado, ¿no son los que defienden una concepción disciplinaria del género? ¿No son los que dicen que, se tenga la orientación sexual que se tenga, el hombre tiene que ser esto y la mujer aquello, y cada participante en su debido casillero? La lección sonriente de Fierstein se puede extender para pensar que la representación de cualquier identidad marica no es el problema, sino que lo homofóbico aparece por el lugar que esa marica ocupa en la jerarquía de la representación, en el juego cinematográfico. Las películas del viejo Hollywood eran homofóbicas por el lugar que tenía la marica, por su rol servil, secundario en la trama, y no porque los personajes sean afeminados hasta la hipérbole. ¿Acaso no queremos tener derecho a ser putos, tortas y trans sin límites, ahí hasta donde el ser nos alcance, hasta donde nos dé el cuerpo y el alma?

Más que ninguna otra película, Brüno, la creación del actor inglés Sacha Baron Cohen, vuelve a poner al exceso marica y a su representación, en el eje de la discusión. Porque Brüno es la película protagonizada por un gay más taquillera en su estreno estadounidense, superando por mucho a la remake de La jaula de las locas, con Robin Williams y Nathan Lane en 1996. Más de una década pasó para que una película con una estrella haciendo de gay seduzca a un público amplio. Brüno retrata al fashionista austríaco homónimo, con el estilo semidocumental que Baron Cohen ya había probado en Borat, su película anterior. Brüno tiene un programa de TV sobre moda y vive en Viena con su novio pigmeo, con el que exhibe sus gimnásticas prácticas sexuales, que incluyen una botella de champagne como dildo y varios aparatos y trajes estrambóticos. Abandonado por su novio y echado del mundo de la moda y del programa por un escándalo, Brüno se muda a Los Angeles para tratar de ser una estrella de cine, pero en realidad se termina burlando del american way of life, especialmente del culto a la fama. Baron Cohen repite su humor políticamente incorrecto, se esfuerza por molestar, revelando lo incorrecto y lo correcto de la sociedad estadounidense. Por un lado, participa en una marcha religiosa antigay esposado a su pareja leather o se besa con otro hombre frente a un grupo de fanáticos homofóbicos de la lucha libre. Pero también usa a un grupo de obreros mexicanos como si fueran muebles o adopta a un “niño africano” que usa como mascota. Se puede sostener que no hay un plan ideológico, que el personaje no pone en escena un programa político claro, sino que es el soporte de un humor que sirve no sólo para épater la bourgeoisie sino también para shockear al antiburgués. No parece estar mal confundir un poco, ver realmente de qué lado estamos en ese zigzag, dudar si somos lo mismo o lo otro. Pero según avanza la película, la posición se vuelve demasiado clara, porque Brüno invierte todo su potencial en producir el chisteshock pero usa lo campmarica como mero instrumento para producir grotesco que le garantice el éxito, la fama. Y ahí se acaba su sátira y se ven los hilos. No es que el resultado sea homofóbico, es que sólo es gay friendly: su alianza positiva con lo gay tiene que ver con producir un efecto, un plusvalor, un argumento de venta de entradas. Al poder maricaglamtrash le gana el valor del shock. Y al ritmo de la mala televisión periodística, donde el reality se vuelve entretenimiento sin glamour ni densidad sociológica, la película duplica el molestar, produciendo guarangadas geniales y no tanto, volviéndose un chiste contando mecánicamente demasiadas veces. Así, frente a la desidia de la película, lo marica del personaje y de la película vuelven a ocupar un lugar lateral, para que el viejo chiste fácil tenga el protagonismo que le garantice la celebridad de la taquilla. Así el estudio Universal, productor de Brüno, pone a la loca en el mismo lugar que el viejo Hollywood. Y justo ese mismo lugar tiene hoy mi héroe marica Harvey Fierstein, que hace más de una década que no le dan más que roles secundarios en cine.

Diego Trerotola
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Mi pasado no me condena


El Teje, primer periódico travesti latinoamericano, salió a la calle una vez más, y ya van cinco. En este número, la chica de tapa es nada menos que Isabel Sarli, símbolo de la carne y del fuego, de la fiebre y de la desnudez llevada a su potencia más trans. Lo que sigue es apenas un adelanto de la extensa entrevista donde Marlene Wayar consigue que la diosa Sarli hable de su pasado y de tantas cosas que tenemos en común.

Cualquier similitud con vuestras vidas es mera coincidencia, y me parece necesario advertirlo. A las lectoras travestis, les cuento que encontrarme con la señora Isabel Sarli me remitió a un momento, entre tantos, con otras travas, en los que la identificación es lo que más se pone en circulación. La Coca nació en Concordia, en la provincia de Entre Ríos, el 9 de julio de 1935 y la vida la trajo a Buenos Aires como siempre, como a todas, en busca de luz y de libertad para comer. Su madre enfrentó la maternidad abandonada por un tipo al que la Coca todavía manda, literalmente, a la mierda. Algo que muchas de nosotras y otras y otros deberíamos hacer. Coca ganó el concurso Miss Argentina 1955 antes de la caída de Juan Perón, poco después comenzó su carrera cinematográfica con su mentor y el amor de toda la vida: Armando Bo. Viajó por toda Latinoamérica y por el mundo grabando películas, recibiendo premios y honores por ser pionera en protagonizar películas eróticas. Realizó el primer desnudo total del cine argentino en el film El trueno entre las hojas, y de allí en más la fama, con todo lo que conlleva, para terminar viviendo en una gran casa que aloja desde hace mucho tiempo a ella, a su hija Isabelita, su hijo Martín y a una incontable sucesión de mascotas como perros, gatos, loros, papagayos y tortugas a los que cobija con el mismo amor. Enseguida, el primer guiño travesti: la señora nos invita a mantener una entrevista por teléfono. Coqueta, si va a exponerse a la mirada del otro tiene que montarse a full (...)

Coca, usted se vino para Buenos Aires de muy chica. ¿Sufrió mucho?

—No. No, porque yo tenía tres años cuando vine con mi mamá aunque tuve un hermanito que después murió; murió a los cinco años, era un año menor que yo.

Eso es tremendo. Pero se lo pregunto porque, en general, las chicas que vienen a Buenos Aires, tanto las travestis como las mujeres en prostitución, cargan con el tema del desarraigo.

—Mi madre es la que, claro, sufrió mucho. Se llamaba María Elena Sarli, era napolitana, fue una luchadora que vino al país con sus hermanos en pañales y ellos se pusieron a trabajar la tierra en Concordia. Mi padre, un tal Gorrindo, un día se fue a Montevideo a buscar trabajo, dijo. Pero no volvió más. Mi mamá se vino para Buenos Aires conmigo y mi hermanito. El nene se murió. La única amiga que tenía ella le robó de la valija la poca plata que le quedaba y no tenía ni para comprar un cajón para enterrar a mi hermanito. Fue muy triste, el municipio le dio un cajón que a la primera palada de tierra hizo craaajjjj y se rompió. Ella lo sufrió mucho, por eso le digo: ¿cómo voy a perdonar a ese “hache de pe” que tuve de padre? No puedo. Tampoco me gusta hablar mucho de él. No quiero.

¿Cómo hizo para formarse en medio de todo?

—Cuando era jovencita me preparé para trabajar como secretaria porque sabía que iba a ganar bien. Luego, el destino me cambió la vida pero yo aprendí a escribir a máquina, hice taquigrafía, inglés en la Cultural Inglesa, sabía todo eso. Empecé a hacer fotos de publicidad, y hacía tantas que tuve que dejar el trabajo de secretaria. Y sí, durante un tiempo mientras trabajaba de secretaria, corría a hacer las fotos de noche, volvía a mi casa tardísimo, cansada que no daba más. Tomaba el tren en Retiro, viajaba hasta Belgrano, había nueve cuadras desde la estación, a veces tenía para pagarme el colectivo y otra veces no. De chica siempre cuidé mucho el dinero. Cuando iba al colegio, mi mamá me daba plata para tomar el tranvía o el colectivo y yo me guardaba los 10 o 15 centavos que podía juntar para ir al Cine Park el fin de semana, que era un cine que estaba en plaza Italia. Ibas y veías cuatro o cinco películas por 60 o 70 centavos, te hablo de cuando era una muchachita, ¡allá lejos y hace tiempo!

¿Cómo empezó con la publicidad?

—Por una agencia que publicitaba los barcos de Dodero hijo, la flota en la que estaban el barco “17 de Octubre”, el “María Eva Duarte” y el “Juan Domingo Perón”. Había fotos mías en los camarotes, en la piscina, en todos lados. Y luego hice fotos para la maquina de escribir Remington. Por suerte, empecé a trabajar mucho en gráfica y ya no pude seguir con lo de secretaria.

¿Cree que construyó una familia no tradicional?

—Sí —dice—, estando sola. Martín estuvo con nosotros desde chiquito. Mientras mamá vivía teníamos la guarda, pero luego muere mamá, muere Armando y yo decidí adoptarlo. Y lo mismo con Isabelita, o sea que soy una mujer sola, pero tengo los dos hijos, ¿no? Pero me costó muchos años porque es mala la ley de adopción, hay que arreglarla. Es muy tremenda. ¡Ay cómo te hinchan las visitadoras! A ver, qué pasa, qué cuántos baños, que esto, que lo otro. Tengo una casa grande en Martínez. Un día, no sé, desde acá, desde la ventana del primer piso, escucho que me llaman. “¿Pero otra vez estás acá?”, digo yo. “Queremos saber cuántos baños hay en la casa”, me dijeron. “Mirá m’ hija, acá lo que sobran son baños, lo que falta es gente”, así le grité, tipo villera, desde arriba.

Es de explosiones muy espontáneas, ¿no?

—Sí, siempre he sido así, desciendo de napolitanas, no te olvides, por parte de madre.

Parece ser así, nomás. La definen las cosas, como a muchas de las travas que tienen pocas pulgas para las disquisiciones teóricas. Ella se ancla en sus propias anécdotas. La tarea de extraerle algo nuevo, no publicado, es cada vez más difícil. Los racontos tienen, sin embargo, un trasfondo de una ética de lo cotidiano.

Yo la quería mucho a Sophia Loren —me dice—, nos conocimos en el Festival de Berlín, pero no le perdoné que ella hubiera perdonado a su padre. El padre las abandonó, a ella, a la madre y a la hermanita María, a las tres. Y ella después lo perdonó. No. Yo no, que se vaya a la mierda, perdoname la palabra.

No, es la palabra perfecta, le digo y pienso en que muchas veces son los padres los que expulsan a las chicas de sus casas. Vuelvo a la Coca, pienso que logró superar a las travas: la mayoría actúa con la misma sinceridad; te espetan lo que piensan y chau, procesalo. Están paradas en la esquina y se ponen a laburar, qué tanta disquisición moral, si la panza tiene que llenarse hoy y no sólo la propia. Y Coca quizá lo hizo desde un lugar muy de trava también. No por el hambre propio, porque tenía su trabajo y no ambicionaba lujos, sino por el hambre de Armando Bo, el hambre de ser director y de conseguir alguien que le posibilite su arte. Parece haber estado dispuesto a todo pero, claro, no tenía ese cuerpo voluptuoso ni llegaría a tenerlo. Ella se entrega, se hace su material de trabajo. Tímida, como lo ha dicho hasta el hartazgo, la solución se la propone Armando: fueron las mentiras. Filmó su primer desnudo creyendo que saldría muy de lejos. “Armando me hizo ver una película de Fellini —dijo alguna vez—, que no recuerdo cuál era, y yo le dije que no iba a hacer un desnudo como ése. Como no conocía las cámaras, la filmaron a una supuesta distancia que no fue tal. Más adelante no hay mentiras pero la solución será el alcohol y más precisamente el whisky”. ¿Les recuerda algo, mis queridas? Superar la tarea apoyadas en algún desinhibidor. Isabel logró separar los ámbitos: no se llevó el whisky a todos lados.

Pregunto de nuevo. ¿Nunca reconoció a su padre?

—No, mi querida, no, no. El murió en Canadá, me han contado. Pero no, yo nunca quise saber nada. Una vez, Néstor Romano, que es un periodista, me dijo: “Usted sólo escucha la campana de su mamá, tiene que escuchar la otra”. “Pero no”, le dije. “Yo escucho la de mamá porque es la verdadera, no me cambie la cosa”, así le dije cuando escribió un libro sobre mí, una biografía. Hizo una mía y otra de Mirtha Legrand, habíamos trabajado en La dama regresa. ¿Te acordas de Néstor Romano, no? Murió hace unos años.

Honestamente, no. ¿Pero usted nunca se llevó por lo que se comentaba...?

—Me decían, algunas, que cómo con un hombre casado. Bueno, pero fue mi amor. Yo, casado o no casado fui muy feliz con él. En esos años, en los que una era tan señalada, ¿no? A Armando lo conocí en el 56 y estuve con él hasta que falleció, esta noche es el aniversario, esta noche a las tres y cuarto son 28 años que Armando murió.

¿Cómo lo conoció?

—En un programa de televisión en el que se elegía Miss Argentina. Yo le tenía que dar la coronación a Doris del Valle, que salió miss ese año 1956 y fue instantáneo. No sé, no me gusta hablar de mis cosas, ya vos sabés todo lo que pasó. Son 25 años y cuatro meses que nos conocimos. Lo quise, lo quiero y lo querré.

Murió en sus brazos y frente a Teresa, su mujer legal, ¿no?

—En la casa familiar y en mis brazos, sí.

¡Eso es lo que nos habla de cómo pensar otras familias posibles! Donde todo sume y no reste. Usted, con Teresa, ¿no se odiaban?

—No, pero yo nunca la había vuelto a ver, nunca. No visitaba la casa. No me hacía la amiga. Una vez, con Armando, íbamos a leer el libro de una película, ahí la conocí y después nunca más pisé la casa hasta el día que él ya estaba muriendo. Empecé a ir poquitos días antes, con Juanita Martínez.

Pero entonces, para usted, ¿se pueden pensar otras familias?

—Bueno, por lo menos, lo mío fue así, mi destino. ¿Qué vamos a hacer?

Marlene Wayar
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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Néstor saca al kirchnerismo del placard


No alcanza para saber si el oficialismo impulsará o no en el Congreso el proyecto de ley que habilita a dos personas del mismo sexo a contraer matrimonio. Pero casi. El jueves pasado, Néstor Kirchner se manifestó en privado a favor de la iniciativa que impulsa desde hace décadas la comunidad homosexual. En el día de su debut como diputado, el ex presidente se lo comunicó a un grupo de sus pares en una reunión informal que se realizó en el bloque del Frente para la Victoria.

“Quiero que sepan que estoy a favor del casamiento entre homosexuales”, dijo. Entre los diputados que lo escuchaban estaban Remo Carlotto, María Lenz, Adela Segarra y Juliana Di Tullio, la presidenta de la comisión de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia de Diputados. Di Tullio fue una de las impulsoras del proyecto de ley que, el mes pasado, naufragó en la Cámara baja antes de ser sometido a votación. Kirchner llegó acompañado por el jefe de la SIDE, Héctor Icazuriaga, y por uno de sus secretarios. Saludó a los presentes y se sentó en un sillón. Por alguna razón, el ex presidente se preocupó por dejar en claro su posición un rato antes de bajar al recinto para asumir, por primera vez en su vida, una banca en el Parlamento.

El propio kirchnerismo había trabado, un mes atrás, una propuesta a favor del matrimonio gay. Ahora, la señal en sentido contrario del jefe político busca, según interpretaron en el Congreso, impulsar proyectos que conquisten el respaldo del heterogéneo bloque de centroizquierda que acaba de ingresar a Diputados.

Según le dijeron a Crítica de la Argentina dos testigos presenciales, se trató de una charla breve que no excedió los cinco minutos. Kirchner explicó que su respaldo al proyecto era “político y filosófico” y sostuvo que estaba “basado en el derecho”. Según los diputados que lo escuchaban apeló a un razonamiento de sentido común. “No hay razón para que un sector de la población tenga más derechos que otro, el reclamo es absolutamente justo”, sostuvo.

En el oficialismo, consideran que el respaldo del ex presidente al reclamo histórico de la Comunidad Homosexual Argentina y la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans allanará el camino para que la mayor parte del bloque oficialista –hasta ahora remiso– se comprometa con la iniciativa. Según coinciden en las distintas bancadas, el matrimonio entre personas del mismo sexo es uno de los temas –no son muchos– en los que la posición no viene prefigurada por la pertenencia a un espacio político sino por la formación ideológica y religiosa.

El proyecto se frustró el mes pasado cuando el oficialismo se negó a aprobar el dictamen en la comisión de Legislación General, que presidía Vilma Ibarra, una de las impulsoras del proyecto. Allí, el Frente para la Victoria contaba con más de la mitad de los miembros de la comisión, pero pocos estaban de acuerdo con modificar los artículos del Código Civil que se refieren al “matrimonio entre hombre y mujer”. Por esos días, el argumento oficialista era que sería rechazado en el recinto. “Cuando nosotros llevamos un proyecto al Congreso es porque se aprueba”, le dijo entonces a este diario un legislador oficialista.

En realidad, en los distintos bloques del Congreso son más los que rechazan el matrimonio gay pero se pronuncian a favor de la unión civil, vigente en la Ciudad y en algunas del interior. Las diferencias no son pocas: el casamiento habilita el acceso a la adopción, la pensión en caso de fallecimiento, el crédito conjunto, la herencia, el régimen patrimonial, la licencia por enfermedad del cónyuge y otorga ventajas impositivas. De cualquier manera, el respaldo “político y filosófico” al que se refirió el santacruceño se inscribe en una estrategia de mediano plazo que tiene en la mira a las bancadas de la centroizquierda.

La nueva coyuntura puede llevar al oficialismo a presentar propuestas más allá de que logren o no su aprobación. Eso marcaría el surgimiento de un kirchnerismo de corte testimonial que se manifieste a favor de ciertas causas y responsabilice a la oposición por el fracaso de iniciativas progresistas. Un kirchnerismo con poco de Kirchner.

Un reclamo y los intereses políticos

Los tiras y aflojes alrededor del matrimonio homosexual estuvieron desde sus comienzos atravesados por los enfrentamientos políticos. La disputa se aceleró luego de febrero de 2007, cuando la Justicia comenzó a analizar los primeros recursos de amparo presentados por las parejas que buscaban casarse. Cuando el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, sorprendió a propios y ajenos con la decisión de dejar sin apelar un fallo a favor del matrimonio gay, la tormenta política se instaló en la ciudad.

Los sectores de PRO identificados con el pensamiento de la Iglesia Católica elevaron sus quejas, al igual que el propio cardenal Jorge Bergoglio. Sin embargo, una presentación de abogados católicos volvió a trabar la autorización judicial. Y esta vez el gobierno porteño evitó interceder. El kirchnerismo porteño aprovechó para acusar a Macri de lavarse las manos en un acto donde estuvieron la legisladora electa María José Lubertino y los diputados nacionales Remo Carlotto y Claudio Morgado. Nadie recordó entonces las trabas que el propio gobierno nacional había sembrado contra el proyecto en el Congreso.

Diego Genoud
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martes, 8 de diciembre de 2009

No a la Unión Civil


Hay una mayoría clara de ciudadanos heterosexuales. Hay una minoría de ciudadanos que no lo son. Tanto entre quienes son heterosexuales como entre quienes no, hay ciudadanos que se quieren casar y otros que no. Por la Constitución Nacional, todos deberíamos ser iguales ante la ley. Sin embargo, si un ciudadano desea casarse, el Estado lo obliga a que sea de manera heterosexual, estableciendo así una diferenciación clara. Los ciudadanos heterosexuales pueden casarse de acuerdo a sus deseos; los homosexuales, no.

¿Por qué?

Porque el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer.

El Sol siempre giró alrededor de la Tierra y era de una obviedad concluyente: bastaba levantar la vista y ver el Sol que iba de este a oeste cada día. Aristarco de Samos, 200 años antes de Cristo dijo que siendo el Sol, a ojo de buen cubero, más grande que la Tierra, quizás fuese al revés. Copérnico, en el siglo 16 llegó a medir distancias y volúmenes y concluyó que, pese a lo que se veía, la Tierra giraba alrededor del Sol. Johannes Kepler perfeccionó la idea al advertir que la trayectoria de los planetas era elíptica, no circular. Galileo Galilei descubrió los satélites que giraban alrededor de Júpiter y pensó que quizás entonces Júpiter y sus satélites eran un modelo del sistema solar.

La Tierra, entonces, contra toda evidencia, empezaba a girar alrededor del Sol.

La Biblia decía otra cosa y el Vaticano intentó tapar la realidad con el mensaje del orden natural, de que siempre había sido así. Dicen que Galileo no pronunció la famosa frase “Y sin embargo se mueve” cuando lo amenazaron con quemarlo vivo si no desmentía sus investigaciones. En realidad, no hacía falta.

Se movía igual.

Giordano Bruno, al que la santa iglesia católica apostólica y romana quemó vivo por decir que la Tierra no era el centro del universo, sí le dijo a su Papa asesino: “Tiemblan más ustedes al anunciar esta sentencia que yo al recibirla”. Los dueños del orden natural no están cómodos cuando su orden se demuestra falso.

Que el matrimonio es la unión entre hombre y mujer es algo que ha resultado tan natural que mucha gente no se lo ha cuestionado jamás y les resulta increíble que se cuestione. Pero se cuestiona. En los últimos años, un número cada vez mayor de personas, acá y en todas partes, lo cuestiona.

¿Cómo fue que llegamos a esto?

Cuando en pleno pánico por el mundo nuevo que aparecía gracias a Colón, Lutero y Gutenberg (quienes descubrieron consecutivamente que el mundo era geográficamente distinto a como se pensaba, que podía ser pensado en otra clave religiosa y que todos podían llegar a saberlo gracias a la imprenta) la Iglesia Católica llamó al Concilio de Trento (1545-1546), que perfeccionó el de Letrán, de 1215, en donde instrumentó la Contrarreforma, determinando el eje moral de los próximos quinientos años. Allí se reafirmó que todo el sexo que no tuviera un fin reproductivo era un “pecado nefando”. Nefando es aquello de lo que no se puede hablar. Si no se puede hablar no existe. El matrimonio no se constituyó naturalmente entre un hombre y una mujer. Fue una decisión política de la institución más poderosa del mundo de hace 500 años, mantenida a tortura y hoguera. Se persiguió no sólo otro tipo de unión, sino aun hablar de su existencia.

Es increíble que mucha gente crea que esto es “natural”.

Al “no existir” no heterosexuales al momento de desarrollar los códigos civiles, los legisladores ni consideraron la posibilidad de que aquellos que no existían tuvieran derechos. En ese tiempo, en ese contexto, se entendía. Era como legislar para marcianos. No había marcianos. Todos eran heterosexuales.

Pasó mucha sangre bajo el puente. La Tierra siempre giró alrededor del Sol, aunque no fuese evidente. Nunca en el mundo hubo sólo heterosexuales, aunque no fuese evidente.

Recién a fines del siglo XX la humanidad empezó a ver que en la naturaleza hay también hombres y mujeres homosexuales. Hay bisexuales. Hay transexuales. Hay transgénero. Y eso es lo que se sabe hasta ahora. O mejor, lo que yo sé hasta ahora. Todos nacimos de la unión de un óvulo y un espermatozoide, por lo tanto todos somos iguales.

Exigirle al Estado el mismo derecho a todos los derechos, no es sólo cuestión de derecho, es cuestión de igualdad.

No se puede aceptar una legislación especial.

No puedo aceptar ser un kelper en mi país.

Y los ciudadanos del país no deberían aceptar que hubiera kelpers.

Si los heterosexuales tienen posibilidad de gozar y sufrir de matrimonio y unión civil, no hay ninguna razón para que los que no somos heterosexuales debamos conformarnos con unión civil solamente. Los mismos derechos, con los mismos nombres, si es cierto que debemos ser iguales ante la ley.

No sé si quiero casarme, no tengo la oportunidad de saberlo.

Hoy, mientras el Estado me lo prohíba, sólo puedo decir que no puedo casarme.

Para los no heterosexuales, decir “no me quiero casar” es mentira. Si los no heterosexuales lo decimos, es sólo el síndrome de la zorra que dice que no le gustan las uvas, porque no las alcanza. No querer casarse es un privilegio de heterosexuales. Un privilegio que no les molesta tener y que quieren mantener a toda costa, incluso aquellos a quienes les fue mal en el matrimonio, como la señora Michetti. Está de moda ahora en cierta progresía quejarse: “¿Al final tanto lío para terminar pidiendo por una institución que ya demostró su fracaso en todos los frentes?”.

No es cierto. El matrimonio es muchísimo menos importante que la igualdad. Pero la igualdad lo incluye. Los heterosexuales tienen un privilegio por el solo hecho de serlo. Contra eso luchamos.

Al animarnos a enfrentar el mandato “nefando” muchas cortinas se descorrieron. Nuestras familias, amigos y compañeros de trabajo supieron que no había nada que ocultar. Que podemos ser buenas o malas personas, pero que en eso nada tiene que ver nuestra sexualidad. Hoy la sociedad sabe que no hay diferencias de valor entre un heterosexual y alguien que no lo es. Lo comprueba a diario. Entonces ¿qué esperan?

Todo está al revés y un gobierno de derecha que alguna vez trató a los homosexuales de enfermos (no) toma una medida progresista mirando las encuestas y acepta el reto de una autoridad religiosa y casi lo desafía, pero al final, como es costumbre en su gestión, muestra atroz incapacidad política y todo queda en nada. Un gobierno autotitulado progresista aplaude el papelón de la derecha sin hacerse cargo de impulsar la ley que termine con la desigualdad, excepción hecha de alguna gente del Frente para la Victoria que puso el cuerpo desde el principio, como Juliana Di Tullio, Tito Nenna y pocos más. Las organizaciones de defensa de los derechos de las minorías sexuales bardean (bien) al gobierno de derecha pero no al gobierno supuestamente progresista entre otras cosas porque muchos son dependientes económicamente de ese gobierno. ¿Por qué un gobierno autotitulado progresista que se lo pasó gobernando con las encuestas en la mano, en este caso, las desoyó? ¿Tanto miedo le tienen a la Santa Inquisición? ¿Alguien duda de que si la Presidenta en lugar de disfrazarse de apicultora de luto para ir a saludar al Santo Bagre, hubiera levantado el teléfono y lo hubiera insinuado, ya tendríamos la ley?

No nos vamos a conformar con unión civil porque no hay una sola razón para que el Estado mantenga la diferenciación de derechos entre quienes son heterosexuales y quienes no lo son.

Los no heterosexuales tenemos que poder decir: “Sí, no quiero”.

Las leyes deben ser para todos, no puede importar si uno es heterosexual o no.

No nos subestimen, no estamos pidiendo sólo el derecho a casarnos, aunque también lo exigimos. Estamos pidiendo ser legalmente iguales.

¿Tanto cuesta entenderlo?

El Estado privilegia a los heterosexuales por sobre los homosexuales. La única razón es que son mayoría. Permitirlo es seguir asegurando que el Sol gira alrededor de la Tierra.

Osvaldo Bazán
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sábado, 5 de diciembre de 2009

Siempre listos


Cuando los varones ejercen la prostitución hasta el lenguaje se modifica: ellos no cargan con el estigma que se imprime en los cuerpos de mujeres y travestis. Para nombrarlos basta el eufemismo de taxi-boy o escort, motes que parecieran otorgar un estatus diferente a la mercantilización del cuerpo. Además, la calle parece ser cada vez menos su lugar, reemplazada por el sistema de contactos vía Internet que conducen directamente a departamentos privados que protegen de la persecución policial. Convertidos en objetos de consumo de otros varones que se suponen heterosexuales –por estar casados, por ejemplo–, los protagonistas hablan de lo que consideran su trabajo y las normas que lo rigen en este principio de siglo donde el mayor valor podría resumirse en una palabra: versatilidad.

En una entrevista, Christopher Isherwood recordaba la candidez con la que un muchacho una vez le confesó: “Soy homosexual por motivos económicos”. Una manera curiosa de justificar su sexualidad y de exponerla como gaje del oficio. Que el muchacho dijera “homosexual” en lugar de “taxi-boy” (o de la palabra que nombraba a la prostitución masculina en Berlín en la década de 1920) no implica tanto pensar la clase social como variable psicológica, sino más bien la sexualidad como variable de clase. “Me hice homosexual para dejar de ser pobre”, parece querer decirle el muchacho al escritor. Y es esa ambivalencia entre lo proletario y lo sexual lo que convierte al cuerpo en mercancía y medio de producción simultáneamente.

“Yo genero dinero con mi cuerpo. Yo soy mi propia PYME”, dice sin rodeos Juan Cruz, uno de los casi doscientos chicos que venden sus servicios sexuales en Soytuyo.com, la página de acompañantes masculinos más grande de la Argentina. Pero ¿qué pasa cuando el sexo y el trabajo son una y la misma cosa? ¿Y cuánto hay de trabajo en la prostitución, y cuánto de sexualidad administrada?

Se sabe que la prostitución masculina, a diferencia de la femenina, incurre mucho menos en el fenómeno del proxenetismo y el tráfico de personas, y en este sentido tiende a ser más voluntaria. “Mucho menos institucionalizada que la femenina, parece carecer de los aires de fatalidad irreversible que impregnan míticamente la condición de prostituta”, dice Néstor Perlongher en La prostitución masculina, libro que escribió a mediados de la década del ’80, luego de estudiar de cerca (bien de cerca) la prostitución callejera en la ciudad de San Pablo. Quizá por eso, también, la prostitución masculina es mucho más ignorada, como se trasluce en el hecho de que casi no haya estudios sobre el tema en la Argentina, en contraste con lo que sucede con la prostitución de mujeres y travestis, objetos frecuentes de investigaciones, ya sea por el fenómeno de la trata o por la exclusión social que sufren las travestis.

Estudios realizados en México y España acaso puedan ayudar a echar un poco de luz sobre lo que ocurre en estas pampas. Según una investigación que difundió el año pasado la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), centrada en la prostitución masculina y su relación con el turismo, se sabe que la mayoría de los hombres que ejercen la prostitución en ese país son menores de 30 años, provienen de estratos socioeconómicos bajos, cuentan con poca formación académica y suelen prostituirse por períodos más o menos cortos o de manera esporádica. La investigación también reveló que entre los trabajadores sexuales no se detectó una mayor incidencia de infecciones de transmisión sexual que en el resto de la población, lo que parece entrar en contradicción con un estudio realizado en 2006 por la Fundación Triángulo en Madrid, que dio como resultado que el 19,8 por ciento de los hombres que practican la prostitución en esa ciudad y se hacen el test del VIH son seropositivos (entre las mujeres trabajadoras, sólo el 0,8 por ciento resultó tener VIH). En ambos casos, la totalidad de los consultados afirmó “ejercer la prostitución por voluntad propia”. Lo que demuestra el escaso protagonismo que la explotación sexual tiene entre los hombres.

Pero si algo cambió de aquella prostitución callejera y semiclandestina que Perlongher describía en su libro; de aquellos chongos que se jactaban de ser heterosexuales frente a locas que buscaban encamarse con tipos cuya heterosexualidad no se viera por ello cuestionada, es la virtual desaparición de la calle como lugar de reclutamiento. “Los chicos de la calle son taxis. Esa es la diferencia. Taxi es el chico de la calle que no tiene estructura. Que no tiene departamento, ni ropa ni perfumes y, en algunos casos, ni celular siquiera. Si vos cobrás 100 dólares o 300 pesos, tenés que valerlos. No podés cobrar 300 pesos estando en la calle, cagado de frío, o si hace calor, con olor a transpiración en la ropa.” No en vano Juan Cruz se define como “escort”, término que en inglés significa acompañante y que se ha impuesto en un mercado que se ha ido globalizando como todo. De ahí que Internet y el auge del turismo que, mal que mal y crisis financiera mediante, Buenos Aires sigue disfrutando, hayan permitido que el negocio alcanzara un estatuto diferente. No en vano los chicos que solían pavonearse en la típica esquina de Santa Fe y Pueyrredón, o en la calle Marcelo T. de Alvear, reductos de la prostitución masculina en la década del ’90, hoy apenas se cuentan con los dedos de una mano.

COSTOS Y BENEFICIOS

“Hoy si no tenés departamento propio, estás muy limitado laboralmente, porque casi el 80 por ciento de la gente que consume escorts masculinos son tipos casados que se cuidan de ir a telos y que, por razones obvias, no pueden llevarte a su casa”, dice Ariel, 32 años. El, que hace diez que trabaja y que en Soytuyo.com se presenta como “súper completo” (léase sexualmente versátil), recuerda que en aquellos tiempos Internet casi no era un recurso y todo se manejaba con publicidad en los diarios. “Yo empecé en un departamento privado, medio de casualidad. Antes trabajaba en una empresa como administrativo, pero en un momento dado hicieron reducción de personal y caí en la volteada. Al poco tiempo, vi un aviso en el diario en donde buscaban chicos deportistas, con buena presencia, para trabajar en un departamento. Llamé, concerté una entrevista y al otro día ya estaba trabajando.”

Ariel tiene buenos recuerdos de esa época, sobre todo por la rapidez con la que ganó el dinero que le permitió, un año más tarde, abrir su propio departamento. “Nunca había cobrado por sexo, ni siquiera tenía la fantasía. Era un ambiente tranquilo, había varios chicos y el departamento funcionaba con dos turnos (yo siempre estaba de día). Nos presentábamos de a uno, en ropa interior, y el cliente se quedaba con el que más le gustaba. El trabajo era muy bueno porque la tarifa por una hora de sexo era de 100 pesos, que equivalía a 100 dólares. Y te estoy hablando de una época en la que un sueldo de administrativo era de 700 u 800 pesos, lo que a fin de mes hacía una gran diferencia.” Esto, por supuesto, más allá del porcentaje que siempre se queda el dueño del departamento por cada servicio y que oscila entre el 50 y el 60 por ciento de lo que se cobra. “No me molestaba trabajar a porcentaje –aclara Ariel–, porque salvo que tengas tu propia empresa todo el mundo trabaja a porcentaje. Cualquiera que trabaja por un sueldo trabaja por un porcentaje de las ganancias. Y con esto pasa lo mismo. Trabajar a porcentaje es la realidad de cualquier trabajo.”

Diferente es el caso de Claudio (24 años), que luego de abandonar su casa familiar por las peleas cada vez más violentas que tenía con su padre, vivió y trabajó durante dos años en un departamento privado del barrio de Recoleta. “Lo que tiene de desventajoso trabajar en un departamento es que suelen segmentarse los turnos y, por ende, las tarifas. Más allá de la competencia que se genera con los demás chicos, hay muchos clientes que toman el servicio mínimo, que es de 20 minutos, y de ahí a vos te quedan sólo 30 o 40 pesos. Si a eso le sumás el hecho de tener que pasar casi todo el día encerrado, condición que tienen los chicos que, además de trabajar, viven en los privados porque no tienen otro lugar a dónde ir, a la larga sentís que te están explotando un poco. Pero a mí no me quedaba otra, y me aguanté estar ahí hasta que con otros dos chicos decidimos irnos a vivir a una pensión e independizarnos.”

Los costos de trabajar de manera independiente no son, a diferencia de lo que se puede pensar, para nada onerosos. Publicar en una página como Soytuyo.com o Revistaratones.com (la otra página de referencia) cuesta cien pesos por mes. Una inversión que se recupera casi de inmediato, si se tiene en cuenta que cualquiera de los chicos que publican allí sus fotos y su número de celular (a diferencia de quienes aparecen publicados con teléfonos de línea, lo que es signo de que se trata de departamentos privados) hoy por hoy cobran, como mínimo, ciento cincuenta pesos. La alta visibilidad que proveen estas páginas y la mayor seguridad que supone contratar un escort a través de Internet (es requisito para inscribirse que el modelo le provea a la empresa sus datos personales) contribuyen a que la prostitución masculina, durante tanto tiempo asociada con la delincuencia, se repliegue cada vez más al ámbito privado. De ahí que esta forma de prostitución, a diferencia de lo que ocurre en el caso de las travestis, esté prácticamente exenta del acoso policial; el cual, en la mayoría de los casos, se ampara en anacrónicos códigos de faltas que penalizan las formas de prostitución que suponen un desafío “contra la moralidad pública y las buenas costumbres”. Básicamente, la prostitución callejera: la prostitución que con su carácter nómade y cuentapropista busca eludir los mecanismos de chantaje con los que la misma policía forma parte del negocio.

RECURSOS HUMANOS

Nada más lejano, entonces, que ese temor y temblor que constreñía décadas atrás a los homosexuales en sus incursiones furtivas a los bajos fondos; esa tentación del crimen y la sangre que en otro tiempo hechizaba a los clientes locas (“La loca es la suela del zapato del chongo”, cita por allí Perlongher), y sobre la que Guy Hocquenghem ironizaba una vez cuando se refería a la reacción que tuvo un gordo amanerado cuando le informaron que el muchacho con el que quería acostarse acababa de asesinar a su anterior cliente: “Yo no soy celoso”.

Si le creemos a Juan José Sebreli cuando dice que “el taxi-boy es el heredero transfigurado, en tiempos del capitalismo tardío, del mítico chongo”, hoy podría decirse que el escort es el heredero transfigurado del taxi-boy en tiempos en que el machismo y la pose heterosexual (la virilidad como valor de cambio) tiende a diluirse en el igualitarismo gay y en lo participativo que un trabajador sexual puede ser en el servicio que brinda. De hecho, basta echar una ojeada a los perfiles de Internet para advertir que “participativo” es la palabra que más se repite. Término cuyos alcances nunca están del todo claros (¿significa que besa? ¿Que da besos de lengua? ¿Que abraza? ¿Que accede a una charla poscoito?) y que más allá de cómo se materialice en la cama después, denota una horizontalidad que pretende hacer creer que el escort en cuestión reúne lo mejor de un gay y lo mejor de un hétero.

“Yo no tomo Viagra, lo mío es mecánico. Los que toman Viagra son los heterosexuales”, asegura Juan Cruz, mientras comenta que la mayoría de sus clientes son tipos casados o con novia. “Hay muchos tipos héteros en el mercado. Yo me animaría a decir que son alrededor del cincuenta por ciento de los chicos que publican. Y lo digo con conocimiento de causa, porque a lo largo de los años he hecho muchos combinados (en la jerga, “hacer un combinado” es trabajar con otro escort). Una vez, un cliente quería ver cómo me cogía otro. El pibe nos recibió en su departamento con la pija parada. Se bajó el jean y ya la tenía dura. Y yo dije: ‘Chau, éste es hétero’. Y me dijo: ‘Ponete en cuatro en la cama y yo te la pongo’. El único contacto que tuvimos fue ése. ¡Ni siquiera me agarraba de la cintura el flaco! Así estuvimos una hora. Decí que no fumo, porque si no me podría haber prendido un cigarrillo mientras el otro hacía lo suyo.”

Algo que Perlongher sugiere en La prostitución masculina es que pagarle a un hombre por sexo no significa lo mismo para un gay que para un tipo casado. “En la microcultura gay (son varios los motivos por los que este libro acusa el paso del tiempo), es considerado desprestigiante el hecho de pagar a un miché (taxi-boy en Brasil). Ello expresaría –se argumenta entre dimes y diretes– la decadencia homosexual en términos de valor erótico: devaluado su cuerpo a través de los años, precisaría compensar con dinero esa pérdida.” A este lugar común del narcisismo homosexual, se le suma el hecho de que el ligue entre los gays funcione, habitualmente, como una búsqueda de eficacia y economía que implica la maximización del “rendimiento” (a través del número de partenaires y de orgasmos) y la minimización del “costo” (tiempo invertido en la búsqueda y riesgo de sufrir rechazos). Por eso, la solución para muchos gays, sobre todo mayores, forma parte del problema: si contratar los servicios de un taxi-boy implica pagar el precio de su juventud y asumir la herida narcisista que conlleva hacerlo, supone también ahorrarse la posibilidad del rechazo y los contratiempos de la búsqueda de sexo.

Eso, siempre y cuando del otro lado haya lo que Juan Cruz menciona como la principal de sus virtudes: profesionalismo. “Nunca me cuesta hacer mi trabajo porque yo pienso en verde. Me suena el celular y para mí es billete. No me importa quién está del otro lado, porque lo que importa es la plata. Eso es lo que me excita: el dinero. También la adrenalina de no saber quién te toca. Por más que quien venga sea un viejo gordo y feo, no importa: yo soy profesional y no hace falta que me guste porque no pienso con la pija, sino con la cabeza. Y si bien no diría que me siento orgulloso, sí me halaga que alguien me llame y concrete conmigo. Pensá que la página de Internet es como un menú abierto y vos ahí tenés todos los platos. Y no comen solamente los viejos, come todo el mundo. La idea de que el que paga es porque no puede levantarse a nadie para mí no tiene sustento. El que paga es porque puede hacerlo y porque le resulta más práctico. ¿O vos te pensás que un tipo casado va a ir a una discoteca gay o va a andar dando vueltas por la calle para ver si se levanta a un chico? ¿Qué mejor que fijarse en Internet y elegir el que más le gusta? Además, el cliente sabe que no lo vas a joder porque es tu laburo, y que tampoco lo vas a histeriquear como tanta otra gente.”

UN LEVE REVOLTIJO

“A veces estoy cogiendo y estoy pensando qué voy a comer a la noche o qué cosas tengo que comprar en el supermercado”, dice Ariel intentando graficar lo que Gore Vidal expresó, más elegantemente, en la siguiente frase: “La erección no tiene conciencia”. Un dato fisiológico que en el caso de los escorts bien puede ser un don o una coartada (después de todo, ¿importa que hayan o no tomado Viagra?), y en cuya carnadura (¿o carnedura habría que decir?) la prostitución masculina sigue erigiendo, invariablemente, su estrategia de marketing. Así, todo parece seguir girando alrededor del pene. Desde las fotos que no escatiman maniobras de photoshop en las páginas de Internet hasta la ausencia casi total de modelos que se promocionen como pasivos. “Mirá, la verdad es que no salen mucho los modelos que son solamente pasivos. Nosotros teníamos uno pero no nos funcionó. Los clientes buscan activos o activos pasivos”, dice por teléfono el recepcionista de un departamento privado que no duda en rechazar el ofrecimiento –fingido– de un chico que se presenta como “sólo pasivo”.

No extraña, pues, que entre tanto chongo metrobisexual que puede verse en Internet siga siendo moneda corriente esa “seducción histérica en torno a las compuertas del ano” de la que hablaba Perlongher. Más allá de que la principal divisa de cambio hoy sea “lo completo” como sinónimo de versátil: esa lógica sexualmente multifuncional, típicamente gay, que no sólo hace pensar que el sexo puede ser más divertido así, sino que arrastra a cuanto activo y pasivo se demuestre intransigente en su rol a una suerte de limbo reaccionario.

“Nunca digo que no. Si me llaman seis en un día, los atiendo a los seis. Si total son diez minutos”, dice Juan Cruz, con tono enigmático, para enseguida explicarse: “El asunto es que el cliente acabe. Una vez que acabó, ya está, se terminó la magia. Y no hace falta que le diga nada. Acabamos y yo me voy a duchar, y si el otro no se va a duchar, cuando salgo del baño ya se está vistiendo.”

Para entonces, el dinero ya pasó de un bolsillo a otro, y lo único que ha cambiado en la habitación es un leve revoltijo que ha quedado en las sábanas.

Patricio Lennard
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martes, 1 de diciembre de 2009

Aullido de placer


Junto con sus amigos Jack Kerouac, Gregory Corso, William Burroughs y Gary Zinder, Allen Ginsberg definió la estética de la generación beat en los años ’50: modernos, descarriados, anarquistas de la palabra, buscadores de tesoros sexuales en las rutas americanas. Quería ser Dios, quería ser el ser más brillante de América y logró las dos cosas a su manera. Lo que sigue es un adelanto de la histórica entrevista concedida a Lawrence Grobel en 1985 que la editorial Belacqva acaba de publicar completa en el libro Una especie en peligro de extinción. Doce escritores hablan sobre su oficio, sus ideas y su vida.

Norman Mailer escribió una oda a usted en la que decía: “A veces creo que ese pequeño bastardo judío, esa horrible marica judía, es el hombre más valiente de América”. ¿Qué pensó al leer eso?

–Me gusta Norman. Es todo generosidad y energía, y es muy amable, pero eso fue un poco histérico. ¿Por qué creyó que yo era valiente? ¿Tenía algo en su interior que tenía miedo de mostrar? Ser coherente con uno mismo, con tu cuerpo y tus sentimientos no es gran cosa. Es más fácil que dividirse en dos y convertirse en un esquizofrénico. Desde el punto de vista de la represión puede parecer valentía.

También parece ser un poeta a tiempo completo. ¿Fue necesario, en San Francisco, acudir a un psiquiatra para liberarse de cualquier sentimiento de culpa por no tener un trabajo convencional?

–Fue un poco más complicado. Me preguntó qué quería hacer, en 1945, y yo dije que me gustaría mudarme con Peter, dejar mi trabajo y dedicarme sólo a escribir. Y él dijo: “¿Entonces por qué no lo hace?”. Yo dije: “¿Qué me pasará cuando sea viejo y tenga manchas de pis en mi ropa interior y nadie me quiera? ¿Qué me pasará si me aíslo de la vida normal?”. Y él dijo: “Oh, no le pasará nada. Debería hacer lo que quiera”. Yo dije: “¿Qué diría la Asociación Americana de Psicoanalistas?”. El dijo: “No hay una línea oficial de partido”. Y eso tenía sentido: no había tal línea oficial. Todos somos libres de escoger y crear nuestras vidas con cierto juicio e inteligencia, hacer lo que crees en lugar de asumir la autoridad de una Asociación de Psicoanalistas, un papa, un presidente, un general, un capitán de la industria, incluso un artista o un gurú, a pesar de todo, tienes que hacer lo que creas que es correcto.

¿Ha pagado usted un precio muy alto por su forma de vida? Ha dicho que la homosexualidad ha sido como un koan, un acertijo zen para usted.

–Bueno, debe de haber sido así, porque de lo contrario no lo habría dicho. ¿Me está preguntando qué quise decir con eso? Que me apartó de la mayoría de la gente y me hizo cuestionar mi propia identidad y preguntarme quién soy, es un koan célebre. Un koan es un acertijo relacionado con la mente, personalidad, ego que te hace explorar la naturaleza de la propia conciencia.

¿Cuánto coraje fue necesario para reconocer en público su homosexualidad?

–Ninguno. Más bien diría que necesité mucho coraje para mantenerlo en secreto. Es como ir por ahí mintiendo constantemente. Te provoca una crisis nerviosa. Cuando a los 18 años le dije a Kerouac que era gay dejó de parecerme un problema.

¿Cómo reaccionó Kerouac?

–Refunfuñó y supo que habría problemas. Yo les gustaba a Kerouac y a Burroughs, y ellos me gustaban a mí. Kerouac se quedó un poco angustiado e incómodo porque yo lo quería y finalmente acabamos en la cama juntos algunas veces. El era muy ambivalente con eso, y básicamente heterosexual. No quería que lo agobiara con mis necesidades, pero por otro lado era muy solidario. Así que, dada la cercanía que todos sentíamos como escritores, el mundo exterior donde todo el mundo estaba encerrado en el armario parecía una maníaca carrera de ratas, inquietante. Yo no me sentía inquieto porque aquélla era mi naturaleza, pero sin duda había una situación represiva en la que la gente tenía un amor que no osa decir su nombre. En eso había algo malo, algo realmente enfermo. Pero yo me sentía en una situación perfectamente sólida. Especialmente después de leer a Walt Whitman, que tenía los mismos sentimientos que yo.

Usted empieza su poema “Many Loves” así: “Neal Cassady fue mi animal: me ponía de rodillas y me enseñaba el amor de su pija y los secretos de su mente”. Después describe una excitante noche que pasó con él en 1946.

–Me alegro de que se excitara.

El quería complacerlo y usted cometió un error. ¿Cuál fue ese error?

–Lo está sacando de contexto, lo cual lo hace sensacionalista, no es que no lo sea. No es que esto no sea pero lo está aislando. Déjeme leer el final:

“Levanté los muslos y me bajé los calzoncillos hasta las rodillas/ y me incliné para quitármelos./ Y él me alzó de su pecho, y se inclinó para hacer lo mismo con sus pantalones./ Humilde y sumiso y obediente a su humor nuestro silencio./ Y desnudo al fin con el ángel & griego & atleta & héroe y hermano y niño de mis sueños,/ yazgo con mi pelo mezclado con el suyo mientras él me pregunta:/ ¿qué debemos hacer ahora?/ Y confesó años más tarde,/ penando el que yo no era marica al principio para complacerme y servirme,/ chupármela y hacerme acabar, quizás, o si yo fuera marica eso es probablemente lo que hubiera querido de un cantón idiota como él./ Pero cometí mi primer error,/ y lo hice,/ entonces y allí, mi dueño,/ y bajé la cabeza, y sosteniendo su nalga,/ tomé su pija en erección y la sostuve, sintiendo el pulso y apretando la mía contra su rodilla y jadeando le mostré que lo necesitaba, la pija, para mis sueños de insaciabilidad y de amor solitario. Y allí yací desnudo en la oscuridad soñando”.

¿Me pregunta cuál fue el error? Ser demasiado explícito, en lugar de juguetear con él para lograr que me la chupara, fui y se la chupé a él, y desde entonces nuestros papeles quedaron establecidos.

En una carta a Cassady, usted le dice: “Siempre estaré solo hasta que muera y viviré atormentado mucho después de que me dejes”.

–Es cierto. Eso probablemente se pueda aplicar a todo el mundo, pero llevaré solo la cruz si nadie más lo hace.

¿Siente que siempre ha estado solo?

–Por supuesto. ¿Usted no? ¿No lo siente todo el mundo? Estamos solos. Morimos solos. En nuestro lecho de muerte, ¿cree que vamos con nuestros novios y novias, productores de Hollywood y abogados? Estamos en nuestro lecho de muerte todo el tiempo.

¿Se siente mal por no haber tenido hijos? Eso le habría permitido quizás estar menos solo.

–A veces sí. Sin duda. Pero no estoy seguro de tener el deseo de tener todo lo que acompaña al hecho de tener hijos. Sería muy difícil. Tendría que tener una casa, una esposa, y eso implica mucho trabajo
.
En una ocasión quiso escribir un poema largo con los nombres de todas las personas con las que se acostó. ¿Sería muy largo?

–Ya me he olvidado de toda la gente, de modo que ya no es posible.

¿Cuántos polvos del siglo se ha echado?

–No lo sé. A veces pienso en eso y no me acuerdo. He escrito un aparte importante de ese poema, pero tratándose de personas vivas no quiero exponerlas a mis chismes, es demasiado morboso. Es una cuestión estética. Además siento afecto por varios hombres heterosexuales y he mantenido algunos romances, lo cual hace un poco más difícil ser francos. Es el caso de, por ejemplo, Peter Orlosvsky.

¿Puede un hombre tener relaciones homosexuales y ser considerado heterosexual?

–Sí, heterosexuales en el sentido de que no preferirá sobre todo experiencias gays. La gente que prefiere sobre todo experiencias heterosexuales es heterosexual. Hay una infinita variedad entre medio. Según Kinsey, casi todo el mundo lo hace todo en un momento u otro. Dijo que la mayoría de los hombres ha tenido un orgasmo o más con hombres y que la mayoría de las mujeres ha tenido orgasmos con mujeres, y que el número de personas que siente constantemente atracción por las personas de su mismo sexo es de un 5 o un 10 por ciento.

Usted no ha llevado una vida exclusivamente homosexual, ha hecho el amor con mujeres...

–Bueno, ellas me han hecho el amor a mí. He estado enamorado de mujeres, sí. Y me he acostado con ellas.

Usted ha dicho que podría hacerles el amor a muñecas de peluche rubias y calientes. ¿Cómo le suena esto ahora?

–Bastante atractivo.

¿Fue promiscuo después de hacerse famoso como poeta?

–Más. Más promiscuo. La gente sabía quién era yo y quiénes eran mis amores. Y a veces se identificaba y a veces era más fácil hablar con toda claridad porque lo esperaban. Si me gustaba un chico podía hablar con él perfectamente y declararle la atracción que sentía y esperar tener suerte.

Usted ha sido muy elocuente respecto de los placeres del sexo anal.

–Hablé de ello en una entrevista en Playboy porque creía que había llegado el momento de que cierta exploración de esa zona se llevara a cabo abiertamente, porque es la zona de mayor miedo y la mayor ansiedad del machismo. Es también la situación menos horrible y menos aterradora.

¿Es posible alcanzar un orgasmo anal?

–Yo no soy capaz. No es que no lo haya intentado, pero todo el mundo tiene un equilibrio fisiológico distinto. Alguna gente cuando tiene un orgasmo se tensa y alguna gente se relaja. Burroughs ha dicho que ha visto a Dios en el agujero de su culo en el fogonazo del orgasmo. Ese es el simbolismo de las escenas de ahorcamiento en El almuerzo desnudo, el orgasmo involuntario: mira, sin manos.

¿Han cambiado sus hábitos sexuales desde que el sida se convirtió en una enfermedad tan extendida?

–No han cambiado mucho, porque me he estado acostando sobre todo con hombres heterosexuales.

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jueves, 26 de noviembre de 2009

Embarazos paternos


Los desarrollos científicos en fertilización asistida incluyen las “monoparentalidades masculinas, como es el caso de hombres que acceden a una paternidad a través del alquiler de vientre o la donación de óvulos”, advierte la autora, que indaga cómo se plantea, en este escenario, la paternidad.

Propongo pensar algunas ideas sobre los nuevos escenarios masculinos con relación al campo de la fertilidad asistida. Estos escenarios se han generado a partir de las nuevas posibilidades que ofrece la ciencia hoy, en particular la donación de gametos –óvulos y espermatozoides– y el alquiler de vientre. Se trata de contextos muy novedosos: entre ellos están las monoparentalidades masculinas, como es el caso de hombres que acceden a una paternidad a través del alquiler de vientre o la donación de óvulos.

Estamos en un momento histórico en el que podemos preguntarnos en qué medida los avances en tecnologías reproductivas modificaron las parentalidades, y en el caso que abordaremos, las paternidades. ¿Qué fenómenos se hacen visibles a partir de estos cambios?

Hace pocos meses fue noticia el nacimiento de los mellizos Matteo y Valentín, los hijos de Ricky Martin. En una revista podíamos leer: “Ricky nos cuenta que el deseo de convertirse en padre se iba haciendo cada vez más fuerte. Después de investigar en profundidad sobre las técnicas de reproducción asistida, llegó al convencimiento de que la subrogación gestacional era la opción perfecta para él” (la subrogación gestacional es también llamada “alquiler de vientre” o “maternidad subrogada”, aunque en este caso debiéramos llamarla “paternidad subrogada”).

Se trata de una paternidad con características singulares: él es el padre de los niños, desplazando a la figura materna y constituyendo una familia monoparental. Para lograrlo consiguió que una mujer le done los óvulos y que otra le alquile su vientre.

En pleno siglo XXI, la paternidad de Ricky Martin y la de muchas parejas homosexuales masculinas que adoptan o alquilan vientres, dan lugar a pensar en este punto. Le llegó el turno al hombre: un vientre para él, diríamos. Hasta ahora siempre se habló del deseo de hijo como algo perteneciente al campo deseante femenino, pero hay rituales –como la llamada couvade–, mitos y manifestaciones de la clínica –como los delirios de embarazo masculino– que dan cuenta de la presencia del deseo de hijo en el hombre.

El término couvade proviene del francés couver, “empollar”, que a su vez procede del latín cubare: “estar acostado”. Los antropólogos lo describen como un ritual en el cual el hombre toma el lugar de la mujer en el parto: una vez que el niño ha nacido lo toma, se mete en la cama y recibe las felicitaciones de sus vecinos. Es el “lecho de parto” de los hombres e implica una relación cuerpo a cuerpo con el niño.

En los mitos la monoparentalidad está presente en los dioses “embarazados”. Entre ellos está Zeus, que dio a luz a Palas Atenea de su cabeza y a Dionisio de su muslo. También fue Zeus quien sacó a sus hermanos del vientre de Cronos.

Los matako del Chaco dicen que el demiurgo llamado Tawkxwax, que no tenía mujer, hundió su pene en su propio brazo y se dejó a sí mismo embarazado de un varón (Bernard This, El padre: acto de nacimiento, ed. Paidós, 1978). Vemos que estas figuras masculinas dan a luz muy curiosamente.

Freud sostuvo que todo delirio contiene un núcleo de verdad. Su estudio “Sobre un caso de paranoia descripto autobiográficamente” (“Caso Schreber”) lleva como epígrafe una cita de las Memorias del magistrado Daniel Paul Schreber: “Algo semejante a la concepción por una virgen inmaculada –es decir, por una virgen que jamás ha conocido varón– se ha producido en mi cuerpo. En dos ocasiones diferentes ha tenido un órgano genital femenino, aunque imperfectamente desarrollado, y he sentido en mi cuerpo sobresaltos como los que corresponden a las primeras manifestaciones vitales del embrión humano: nervios divinos que corresponden a la simiente masculina habían sido echados en mi cuerpo por un milagro divino; por lo tanto, una fecundación había tenido lugar”. El delirio de embarazo de Schreber está relacionado –entre otras cosas– con su frustrada paternidad.

Freud establece en el historial una relación entre el delirio de convertirse en mujer y la imposibilidad de tener hijos. Escribe: “Acaso el doctor Schreber forjó la fantasía de que si él fuera mujer sería más apto para tener hijos y así halló el camino para resituarse en la postura femenina frente al padre, de la primera infancia”. La esposa de Schreber había perdido seis embarazos, y él, a raíz de la muerte de su hermano, era el único hijo varón que quedaba en la familia, el único que podía perpetuar el apellido; Schreber no podía transmitir su nombre.

Entre el delirio de embarazo de Schreber y las paternidades con el auxilio de las técnicas reproductivas, al modo de Ricky Martin, podemos conjeturar el deseo de hijo en el hombre.

Al volver a los nuevos escenarios masculinos en fertilidad asistida, se impone la pregunta acerca de la distinción entre un padre y un genitor. Se trata de la diferencia entre una transmisión biológica y otra psíquica. El genitor es quien engendra, pero no hay un sujeto, ya que el gameto donado –el esperma– queda despojado de su subjetividad en el momento que pasa a ser donado. La donación de esperma existe desde hace dos siglos (R. Frydman, L’Irresistible Désir de Naissance, Presses Universitaires de France, Paris, 1986, p.12) y en la mayoría de los países es anónima. El padre, por su parte, tiene una función, que suele llamarse función paterna y que permite el ingreso del hijo en la cultura. Su modo de engendrarlo no es llevarlo en su vientre, sino darle su nombre.

En relación con esta función se definen las figuras del bastardo, el hijo no reconocido por su padre, y del “hijo natural”, sin padre conocido. “Natural”, quizá, porque proviene sólo de una mujer, y no hay un hombre que le permita ingresar en la cultura, de acuerdo con la fórmula “madre natura, padre cultura”.

Bernard This señala que “en la tradición indoeuropea, el hombre que posee la patria potestas –potencia ligada al padre, poder detentado por el jefe de familia– debe tomar al niño sobre sus rodillas para reconocerlo, si se trata de su ‘propio’ hijo, o para adoptarlo, si no no hay vínculo ‘natural’; es el rito de agregación a la familia. El padre podría rechazar al niño, tendría el derecho de exponerlo, de dejarlo morir, puesto que aún no ha sido nombrado”. Este autor observa que el poder del padre no depende ni de su fuerza física ni de su inteligencia; es una función que él ejerce. This observa que genou, “rodilla” en francés, procede de la raíz latina gen, que corresponde a concebir, engendrar, dar a luz. Es el símbolo y la sede de la fuerza muscular que permite al hombre estar plantado sobre sus piernas; es también la potencia, el vigor, la comunidad de bienes, de rentas, la coparticipación en una herencia.

De allí que nacer no es sólo salir del vientre materno: el nacimiento debe ser declarado por el padre. El padre puede o no estar investido en sus funciones y ser el portador de la ley. Prohibición del incesto y parricidio mediante, el padre es quien lleva al niño por fuera de la familia. Función paterna de protección de la cría, dador de un útero distinto, que permitirá ingresar al hijo en la cultura.

Esa partecita femenina

Podemos ahora adentrarnos en la pregunta acerca de la paternidad y el deseo de hijo en el hombre desde la teoría psicoanalítica. Si bien en la obra de Freud no hay referencias directas al tema, esta búsqueda nos lleva al complejo de Edipo en el varón. Allí la función del padre tiene un valor central en la declinación del Edipo.

Juan David Nasio aborda la problemática de la “femineidad del padre” (“La femineidad del padre”, en Voces de femineidad, compilado por Mariam Alizade, 1991): señala la necesidad que tiene todo aquel que debe ocupar el lugar de padre de reconocer su parte femenina. Nasio distingue entre la femineidad y la idea que sobre la femineidad tiene el hombre neurótico. Esta última emerge de su angustia de castración, que a su vez remite a pasividad y sumisión: “Ella sufre por estar castrada”. Pero, advierte Nasio, cuando el hombre puede aceptar su “parte femenina”, atravesando la angustia, y ha logrado comprender que de todas formas hay una pérdida, puede asumir la paternidad habiendo atravesado el fantasma de la feminización –la “roca viva” en el hombre–. Lo podemos también traducir como la aceptación de la castración impuesta por el padre.

Desde el psicoanálisis de niños, Arminda Aberastury planteó que, en el varón, el deseo de tener un hijo del padre en su vientre es normal en las primeras etapas del desarrollo: “El varón desea estar relacionado con el padre, tomar el lugar de la madre y tener hijos. Esta raíz del deseo de un hijo condiciona en parte su represión, ya que su fuente es la homosexualidad” (Aberastury, A. y Salas, E., La paternidad, 1984, ed. Kargieman). Los impulsos amorosos hacia el padre –ser fecundado por él– son reprimidos por dos vías: desde el exterior, se le pide al varón asumir roles que marquen diferencias de sexos con la mujer, y desde el interior, por la resolución edípica, se “va a pique”, sucumbe a la represión. Es así como Aberastury plantea un origen “materno” del rol “paterno”. Dicho de otro modo, el origen “femenino” del deseo de hijo en el varón y sus vicisitudes pueden dar lugar a perturbaciones de la función paterna en el hombre.

En el afán por sostener su masculinidad, asociando lo femenino a lo castrado, todo el campo de la paternidad y el deseo de hijo en el hombre puede sufrir perturbaciones. Estas se pueden expresar –de modo patológico– en los delirios de embarazo; también en el entramado cultural que integran los mitos y rituales y en el amor infantil del niño hacia su padre. Hoy por hoy, el hombre puede decidir procrear solo, adentrarse en un territorio que era hasta hace poco exclusivamente femenino. Y es factible una mirada sobre la paternidad que incluya no sólo los aspectos que hacen al género en su perfil más tradicional: fuerza física, potencia sexual y virilidad. Se trata de ser un hombre y poder hacer presente, sin feminizarse, su deseo de paternidad.

Patricia Alkolombre
Miembro titular en función didáctica de la Asociación Psicoanalítica Argentina. Asesora del Comité de Mujeres y Psicoanálisis (Cowapapa). Texto extractado de un trabajo presentado en el XI Congreso SPP 8º Diálogo Cowap, Lima, Perú, 2009.

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sábado, 21 de noviembre de 2009

Diferencias ambiguas


La intersexualidad ha estado históricamente asociada a la ambigüedad sexual, pero ¿y si en lugar de nombrar cuerpos sexuados diferentes se tratara de una palabra capaz de articular políticamente esa ambigüedad y esa diferencia? El cine argentino, con XXY –Lucía Puenzo– y ahora con El último verano de la boyita –Julia Solomonoff, estrenada la semana pasada– ya hizo foco, sin despegarse totalmente del discurso médico, en los cuerpos intersex. Revisar estas películas y otras emergencias culturales de la intersexualidad tal vez proporcione algunas claves para pronunciar de otro modo la indefinición radical de todos los sexos.

El encargo es más o menos el siguiente: una nota que dé cuenta, con claridad y pocas vueltas, de las representaciones culturales de la intersexualidad. Yo acepto, por supuesto... por supuesto y a sabiendas de que la claridad y las pocas vueltas son incompatibles con el tema en cuestión. Empecemos por el principio: por la palabra.

El modo más breve de definir la intersexualidad es aquel que conjuga, en una sola frase, la llamada ambigüedad sexual con su destino en Occidente –un destino que hasta nuestros días ha estado signado por la expropiación biomédica de la diversidad corporal–. De acuerdo con esa definición, las personas intersex somos quienes, habiendo nacido con un cuerpo sexuado que varía tanto del promedio masculino como del promedio femenino hemos experimentado las distintas consecuencias que depara esa variación en esta cultura: el estigma de la ambigüedad, es decir, el de tener dos sexos, uno incompleto, de no tener ninguno o de tener un tercero, así como las distintas tecnologías de normalización que nos hacen encarnar, en la medida de lo posible, uno solo y solo uno.

Esta definición plantea un problema inicial –ese que es, de momento, el problema en el que consiste la intersexualidad–. No hay manera de definir la ambigüedad sexual si no es en relación con una supuesta precisión de lo sexual, y a su también supuesta encarnación en los cuerpos sexuados promedio de hombres y mujeres. Es así como quedamos, por definición, eternamente obligados respecto de esos dos promedios corporales elevados al rango de ley: encarnarás la diferencia sexual, o no serás nada. Este mandato, sin embargo, no sólo es excesivo para nosotros, sino también para el resto... ¿O acaso ha nacido ya quien pueda encarnar, de manera total y absoluta, un único sexo preciso?

iii

La diversidad sexuada ha tenido una larga y accidentada historia en Occidente –asociada de manera inextricable a las distintas economías de lo monstruoso–. Para Michel Foucault se trata de una forma particular de monstruosidad, aquella que combina, a la vez, los órdenes de lo imposible y lo prohibido. Es así como hemos terminado adorados en altares y quemados en hogueras, arrojados al mar o al desierto, atravesados por estacas, penes, espadas y bisturíes, recibidos en el mundo como presagios de su buena –pero generalmente de su mala– fortuna. Nuestros cuerpos, impropios por definición, violan la ley de la naturaleza al afirmar que, en materia de diferencia sexual, lo imposible es posible, una violación que la ley de los hombres no perdona.

Los tiempos que nos tocan vivir son los del progresivo declive del monstruo y de la progresiva aparición del paciente intersex (por lo general pediátrico e, incluso, neonatal). Se nos agarra temprano, antes de que la ambigüedad sexual nos tome el cuerpo, la mente y el alma y nos arroje a morar entre los hombres y las mujeres. La medicalización extrema de nuestros cuerpos ha tenido, sin embargo, efectos paradójicos. Ambiguos como somos, ¿acaso podía ser de otra manera?

Tanto la inmediatez como la obligatoriedad de la intervención médica han terminado por (re)producir el monstruo al que buscaban olvidar. Muy pocas personas saben cómo se ve un cuerpo intersex no intervenido –y esa falta de comercio con la diversidad corporal desata justamente aquellos temores, fantasías y deseos que sólo produce la conjura deseante de lo monstruoso–. Ha sido justamente la experiencia de esa medicalización la que ha producido la intersexualidad como identidad –puesto que, claro está, nadie nace intersex, solo se llega a serlo... en un hospital–. La humanidad, condenada a encarnar los mismos cuerpos sexuados una y todas las veces, se ha convertido en una versión débil y feroz de sí misma –y ha convertido nuestra existencia en un ejemplo paradigmático de encarnizamiento terapéutico–. Y es que no hay dudas: las buenas intenciones producen monstruos, esa clase de monstruos capaces de cortar y coser los genitales de un niño o de una niña solo para evitarles el dolor de su diferencia futura.

iii

Hasta nuestros días la representación dominante de la intersexualidad es aquella que produce la medicina –no sólo a través de su vocabulario, sino también de sus imágenes–. ¿Quién no ha visto, alguna vez, una de esas fotografías en las que alguien, por lo general un niño o un adolescente, está parado desnudo, con los ojos cubiertos por un cuadrado negro o un círculo blanco, expuesto a la mirada que procura saber? ¿O los genitales abiertos de alguien que no aparece en la fotografía, señalados por un dedo médico que oficia, al mismo tiempo, de referencia? Más importante: ¿quién ha visto, alguna vez, alguna otra cosa?

La medicalización de la intersexualidad coloniza sin parar otros modos de representación. Un ejemplo: la sustitución de los cuerpos intersex por flores en algunas versiones gráficas, una operación representacional que no solo nos reinstala en la naturaleza, sino que además nos representa como frágiles, pasivos y esencialmente arrancables y exhibibles en un florero (o en algún otro frasco). Otro ejemplo: el sometimiento de cualquier ficción que involucre la intersexualidad al escrutinio de la medicina, una suerte de llamada al orden que advierte jugarás con cualquier cosa, excepto con la verdad del sexo (una llamada que recibió, por ejemplo, Lucía Puenzo, cuando se atrevió a malrepresentar un cuerpo intersex). Y uno más: el torso hermafrodita fotografiado por Del LaGrace Volcano y reproducido por todas partes ha sido intensamente criticado por no ser, precisamente, un torso hermafrodita.

A lo largo de su historia moderna y contemporánea la intersexualidad se ha constituido en uno de los anudamientos más poderosos entre sexualidad y patología –en tanto no ha dejado, ni por un minuto, de causarle a la heterosexualidad normativa uno de sus peores dolores de cabeza–. No hay heterosexual que resista la interrogación que produce uno de nosotros en el deseo... ni tampoco hay homosexual que resista (y allí están los ejemplos de Middlesex y XXY para probarlo). La estabilidad misma en la que se funda el binario hétero/homo se viene abajo si la diferencia sexual tambalea. Y es justamente esa promesa de desestabilización la que ha convertido a la intersexualidad en la mitología pasada y la esperanza futura de la emancipación queer. Esta elevación de la intersexualidad al rango de promesa encarnada ha tenido efectos más bien nefastos –puesto que en lugar de colaborar en la transformación de nuestro status de objetos médicos ha propiciado nuestro devenir objetos apropiados del contrasaber–. Y nunca falta quien cree, a pie juntillas, que para ser intersex es preciso haber leído a Judith Butler.

iii

Los últimos años de esta década han sido los de una intensa representación de la intersexualidad en los términos de una gestión de la diferencia. Hace rato que la pregunta por el poder en los orígenes de la distinción entre lo Mismo y lo Otro han dejado paso a la administración pública de las identidades –y los destinos– discretos. Ya no importa bajo el imperio de qué ley ni en el contexto de qué régimen político de la corporalidad hemos llegado a ser diferentes. El punto es que lo somos, y no vale la pena (nos dicen) ocuparse de desmantelar la matriz que nos diferencia. La aprobación en el año 2006 de un nuevo vocabulario para nombrarnos –consagrado en el documento conocido como Consenso de Chicago– está produciendo en todo el mundo una fuerte re-medicalización de la intersexualidad, descompuesta en un conjunto, bien preciso, de trastornos del desarrollo sexual. Esa amenaza cruel en la que consiste su incertidumbre parece ahora domesticada para siempre.

En fin. Veremos cuánto aguanta ahí encerrada, y yo apuesto a que bien poco –porque la verdad es que mal que le pese a la gente no hay palabra en el mundo que pueda cumplir con ese encargo–.

El sex appeal de lo imposible

Soy un judío de Córdoba; como cada año, el espíritu navideño que invade progresivamente esta ciudad calurosa y polvorienta me mueve, sin embargo e indefectiblemente, al deseo. Y, como cada año, como no podría ser de otro modo, el regreso de las fiestas me mueve al deseo por lo imposible. Peor aún: al deseo por aquello que, siendo hoy claramente imposible, fue posible allá por algún pasado. Para estas navidades yo desearía, por ejemplo, recibir de regalo unas antiguas vacaciones de la escuela primaria, uno de esos veranos interminables que comenzaban apenas finalizado noviembre y terminaban recién en marzo.

iii

El último verano de la boyita acaba de estrenarse en el circuito comercial de Buenos Aires –justo ahora, cuando empiezan a desperezarse los calores, es decir: justo a tiempo–.

La película de Julia Solomonoff despliega con belleza y sencillez una trama que es, también, bella y sencilla. Ese despliegue cinematográfico está sostenido y tensado por una indudable semántica estival –¿acaso no es larga siesta de verano uno de los sinónimos perfectos de secreto?– y una economía singular del develamiento –si la sexualidad es el íntimo secreto de verano, la intersexualidad, está visto, es la madre portentosa de todas las tormentas–.

iii

El último verano de la boyita y XXY –dirigida por Lucía Puenzo– son películas ciertamente diferentes. A pesar de esas diferencias, en una y otra la intersexualidad es (re)producida a través de ciertas insistencias. O, podríamos decir, a través de ciertos parecidos de familia que hablan, a las claras, de las encarnaciones presentes de la intersexualidad. No se trata, como podría pensarse, de semejanzas entre ambas películas sino, justamente, de ese entre en el que parece consistir la intersexualidad y que hace posible aquello que narran.

Hay un animal en el comienzo de El último verano..., así como lo hay en el comienzo de XXY. En un caso se trata de un caballo, que se debate contra las sogas que lo sujetan y los hombres que tiran de las sogas; en el otro caso se trata de una tortuga, que ha llegado hasta una mesa de examinación. En ambas películas, está visto, los animales no son sólo los portadores materiales y simbólicos de la otredad, sino también del sometimiento bajo el cual se les brinda alguna hospitalidad entre los humanos, ellos y ellas.

XXY transcurre en un paraje situado en el retiro de una playa uruguaya. El último verano... transcurre, en su mayor parte, en las lejanías de la pampa entrerriana. Podría decirse, por supuesto, que ambos lugares son el aquí de quienes los habitan y, por tanto, no pueden ser definidos a priori como geografías de la distancia. En ambos casos, sin embargo, y de acuerdo con el movimiento interior a cada narración, a esos lugares se llega y de esos lugares también se parte. Más aún: es en esos lugares –y no en otros– donde mora lo extraño, tan distante de esas ciudades donde nacen, crecen y se reproducen los hombres y las mujeres. El agua es consustancial a ambos entramados narrativos, y los personajes se sumergen una y otra vez, escapando de ese mundo cruel y terrestre en el que imperan los bípedos.

Ambas películas son historias de iniciación sexual –comprendida, a la manera de Foucault, como historias de iniciación en el ejercicio sexual del sí misma o del sí mismo–. Ese ritual iniciático tiene su punto cúlmine en el encuentro con la encarnación misma de la otredad sexual (esa que, de tan otra, devuelve el reflejo invertido de lo mismo). El verbo devenir se conjuga en ambas del mismo modo diferencial: los iniciados son aquellos –el adolescente, la niña– que se enfrentan a la intersexualidad, de pronto y en medio de la nada, aquellos que son tomados y rehechos por el paso de la intersexualidad por su cuerpo. Los personajes intersex de ambas películas son iniciados en un ritual distinto, y su devenir es, como ellos mismos, otro: el suyo es devenir literal de aquello que siempre fueron.

El carácter relativamente estático de los personajes intersex –fijados a la trama por la costura del diagnóstico– reconoce, no obstante, un movimiento peculiar, a la vez subjetivo y objetivo. Podríamos llamar a ese movimiento la asunción de la verdad. O, mejor: de la verdad, que no es otra que el supuesto real del cuerpo. En una y otra película hay un momento crucial de autorreconocimiento, de encarnación verdadera –aunque se trate de una verdad impronunciable en la lengua–. La singularidad no deja de ser paradójica: si algo desmiente la intersexualidad es la posibilidad misma de una verdad una.

La persistencia de lo literal no es una casualidad, sino el resultado obvio de la imposibilidad de prescindir, siquiera en el terreno de la ficción cinematográfica, de la definición medicalizada de la intersexualidad. Y si existiera, acaso, la posibilidad de una poética rebelde a la reducción permanente al diagnóstico, ambas directoras se han encargado de precisar, en distintas entrevistas, cuál es el síndrome que aqueja a cada una de sus criaturas intersexuadas. Y no se trata de rehuirle al diagnóstico, materialización frecuente de nuestras biografías, sino de atreverse a afirmar, siquiera por una vez, la cualidad esencialmente narrativa de todo y cualquier diagnóstico. ¿De qué otro modo sería posible diagnosticar a personajes de ficción?

Ni El último verano... ni XXY permiten vislumbrar aquello que, en un cuerpo sexuado, sería evidencia indubitable de intersexualidad. Hay ciertos indicios, por supuesto: pastillas, sangre, alguien que mira entre las piernas y declara que hay dos, una venda que aprieta el pecho. Y hay otros indicios. A diferencia del resto de los personajes de ambas películas, los personajes intersex de una y otra hablan y se mueven de un modo singular. Nadie podría decir, a buenas y primeras, que eso que los distingue pertenece al orden de la así llamada ambigüedad sexual; pero, vamos, algo les pasa, algo de su rareza genital se cuela en su manera de pronunciar las palabras, mover las manos, balancear el cuerpo. Son de otra parte, se dirá. Justamente.

Las dos películas muestran formas librescas de la intersexualidad. Hay libros de medicina en una y otra, y los personajes buscan y se buscan entre sus páginas. El único saber disponible en esas lejanías es el más tradicional de todos –ese saber médico que llega a chicos y grandes a través de la autoridad de la palabra escrita–. Se trata, evidentemente, de una intersexualidad de libro. A lo largo de ambos recorridos argumentales se traza una relación fascinante entre la reproducción gráfica y escrita de aquel saber y los cuerpos intersex vividos: el carácter iniciático de esos cuerpos, fundado en su correspondencia con las imágenes y las palabras impresas, sólo puede mantenerse si se trata de cuerpos no intervenidos quirúrgicamente. Los manuales de medicina no dan cuenta de nuestras historias, y el sex appeal de la cicatriz aún necesita que se filme su propia película.

A la luz de esta extrañeza –allí donde lo extraño no es la intersexualidad, sino la integridad del cuerpo– el emplazamiento en una geografía distante comienza a perder su carácter de recurso narrativo para convertirse en una condición de posibilidad... de la supervivencia. La verosimilitud de las futuras ficciones urbanas de la intersexualidad, si alguna vez llegan a existir, requerirá de la modificación radical de esas condiciones. Tanto XXY como El último verano de la boyita dejan sentir el llamado insistente de ese imperativo.

iii

Mi abuelo José Siriczman era visitador médico. En su biblioteca había centenares de libros y, entre todos ellos, sobresalían unos gruesos volúmenes verdes y negros. Eran unas revistas tituladas MD. Medicina y Humanidades, que mi abuelo había coleccionado durante años, y encuadernado. Cada una de esas revistas incluía largas notas, ilustradas, de historia de la medicina, de filosofía, de literatura, y abundaban las reproducciones de obras de arte. Mi abuelo había recortado una de esas reproducciones, la había enmarcado y adornaba una de las paredes de la habitación donde jugaba solo al ajedrez, leía y dormía. Era un Quijote, montado, azul y solo, con la firma de Honoré Daumier.

Ese Quijote está ahora en mi estudio, frente a la silla en la que me siento para escribir. Debajo de su figura de yelmo y lanza enhiesta hay una cita tomada del libro, una frase que dice lo mismo que yo, judío hermafrodita de Córdoba, deseo y deseo: Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad.

Sin autor
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