viernes, 5 de septiembre de 2008

Salvaje y vagabundo


En una nueva reescritura de su folletín sado El mendigo chupapijas, esta vez en clave cinematográfica, Pablo Pérez toma la cámara en sus manos y recorre la ciudad con su ojo salvaje, siguiendo la estética que caracterizó la primera impresión de su obra: artesanal, lumpen, independiente, lúdica, sensual, provocadora.

En sus principios marginales, El mendigo chupapijas de Pablo Pérez fue un folletín extraño, artesanal, hecho de fotocopias desprolijamente encuadernadas al mejor estilo informal de las primeras ediciones de los ‘90 de Fernanda Laguna y su editorial lumpen Belleza y Felicidad. Las cinco entregas de ese folletín se vendieron embolsadas, como las revistas porno, pero no por una cuestión de pudor en la presentación de la saga sadomasoquista que perpetraba sus páginas sino porque la bolsa también contenía un muñequito o algún otro objeto de cotillón. ¿En esa decisión se jugaba la idea de expandir los límites de la literatura? ¿O era simplemente una broma que un texto con semejante título infame se ofreciese acompañado de un juguete infantil? ¿O eran ambas cosas? Un espíritu lúdico parecía poseer a El mendigo chupapijas y, a diez años del comienzo de su publicación, este folletín no descansa en su intento de jugar con los límites. Incluso se podría decir que ahora esta obra de Pablo Pérez vuelve a empezar, a perpetuar una vez más su distintivo proceso de reescritura.

Raras geometrías del porno

En 1998, Pablo Pérez publicó Un año sin amor, un libro sobre su relación íntima con el sida en el momento en que la enfermedad se iba transformando en algo menos oscuro gracias al cóctel de drogas que proponía una suerte de estabilidad a los que viven con VIH. Ese libro encontraba un género de pertenencia —el diario—, que daba una forma específica a las reflexiones, narraciones, interrupciones personales de Pablo Pérez, y encuadraba en la lógica del calendario la impronta informal de una escritura que abría los umbrales de la incertidumbre: “Sé que me pongo tétrico, y me divierto porque nada es seguro”, escribía en una de las entradas de ese diario. Y esa misma combinación de lo tétrico y lo divertido lo llevará a su máxima expansión a través de El mendigo chupapijas. Porque en principio ese folletín se planteó como libro de estructura más abierta, más incierta, radicalmente cambiante, con una intermitencia muy particular entre oscuridad y humor. La saga es una suma de pequeños discursos inmediatos, contaminados de contemporaneidad, que van del diario íntimo al relato en tercera persona, desde la trascripción de e-mails hasta los diálogos en estado de crudeza puiguiana. A través de esa escritura variable y escurridiza, pero de una síntesis ejemplar, se cuenta la ruta del deseo de un erotómano leather y versátil que se fascina por la figura de un mendigo que conoce en un cine porno. Sus relaciones sadomasoquistas en un principio forman un triángulo sexual, que luego se transforma en un raro triángulo de amor bizarro, pero luego pasan a configurar una geometría monstruosa, como un poliedro porno-romántico de ángulos, lados y vértices difíciles de predecir y determinar. Entre tanta aventura viril de masters y esclavos, entre tantos episodios de resistencia al dolor, al placer y al amor, la saga vagabunda del protagonista lo enfrenta a un final donde asume la propia feminidad, su versión travestida en un homónimo femenino, de modo similar a lo que sucede en la entrada final de Un año sin amor. Sobre el final, Pablo se transforma en Paula, el gusano se transforma en mariposa, y ese devenir mujer marca el pulso queer del relato: si se sospechaba que la lógica narrativa podía estar subordinada a la mera ilustración de la identidad leather, el libro trasciende esos límites viriles para perpetrar un gesto de mariposón, de loca, que pone en crisis a la identidad como algo estanco, como una pose uniformada. Pero esta forma de la escritura como herramienta para despegarse de las rigideces de la identidad está en la base de la propuesta de El mendigo chupapijas, que avanza para poner en juego los rostros posibles de una literatura en crisis permanente.

Calles calientes

Al comienzo de Discusión, uno de los libros de compilación de ensayos de Jorge Luis Borges, se lee la siguiente cita de Alfonso Reyes: “Eso es lo malo de no hacer imprimir las obras, que se va la vida en rehacerlas”. Esa idea sugiere que la impresión de un texto impondría el fin del trabajo sobre una obra. Pero, por el contrario, para Pablo Pérez rehacer una obra puede ser un proceso sin final, un texto no se clausura en su publicación, negando esa tesis borgeana. En 2006, Pérez reescribió El mendigo chupapijas y lo publicó en forma de libro a través de Editorial Mansalva. La reescritura no tuvo que ver con eliminar ciertas provocaciones, aberraciones o algún exabrupto porno para llegar a convertirse en un libro que circulara por librerías sino por la necesidad de perfilar una identidad específica que diferenciara más a El mendigo chupapijas de Un año sin amor. En lugar de buscar una identidad literaria por la similitud de la escritura y la temática de un libro al otro, de construir su personalidad por la continuidad, Pérez eligió la diferencia y lo discontinuo. Como sucedió con El beso de la mujer araña de Manuel Puig, que el mismo escritor sometió a distintos transformismos (de novela a obra teatral, de comedia musical a película), El mendigo chupapijas ahora inicia una nueva reescritura: se convirtió en un guión y una película, que iluminan nuevas dimensiones de la obra. No se trata de la primera transformación cinematográfica: Pablo Pérez fue co-guionista de Un año sin amor, la película dirigida por Anahí Berneri sobre su otro libro, donde se filtraron algunos episodios y personajes de El mendigo chupapijas. Ahora, en este nuevo proyecto, Pérez está filmando desde una independencia lumpen, volviendo al modelo de producción de su folletín inicial. Su elección cinematográfica se acerca al cineasta experimental Lionel Soukaz, amigo de Pablo Pérez durante su vida en París en décadas pasadas (Soukaz aparece transfigurado en El mendigo chupapijas con el nombre de “Dr. Soukaze”, personaje que introduce a Pablo al mundo de las fiestas sadomasoquistas). Soukaz adquirió notoriedad con un folletín cinematográfico producido en los ‘70 llamado Race d’Ep, un ensayo histórico de la homosexualidad a través de cuatro cortos que luego formaron un extraño largo misceláneo. Race d’Ep fue prohibida por la censura gala, pero fue defendido por Foucault, Deleuze, De Beauvoir, Duras y otras celebridades francesas. Desde ese momento, Soukaz es la principal voz libertaria por una desregulación de las representaciones de diversidad sexual en el cine (una retrospectiva de Soukaz se vio en Buenos Aires en el Bafici 2007). Pérez fue incentivado por Soukaz para realizar su película con la lógica de inmediatez y la independencia, sin trabas técnicas, ni institucionales, filmada como un serial sadomasoquista con una cámara en video y un equipo reducido de colaboradores. Así, la nueva forma de El mendigo chupapijas es la del modernismo cinematográfico urbano más radical, ese que embiste la ciudad con su cámara para establecer un nuevo recorrido sensual por las calles, para liberar al espacio urbano de sus restricciones y agitar definitivamente el ojo salvaje, para cambiar la visión que tenemos de los lugares, del cine y de nosotrxs mismxs. Como enfrentó a los cánones literarios con su folletín, Pérez se propone hacer del cine una experiencia transformadora, una reescritura que haga tambalear nuevamente las ficciones petrificadas de la identidad.

Diego Trerotola / SOY
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